Cazaba yo en un páramo castellano cuando en lontananza divisé un sujeto que me cortaba la mano. Era yo joven y bravo, así que seguí adelante para recriminar al sujeto su manera de proceder. Cuando ya estaba a su vera vi que su can «rabiconeaba» y que el susodicho se echaba la espeta a la cara gritando: ¡Hala, hala! ¡Oiga, que estoy aquí!, le voceé yo. Pero el muy obseso seguía gritando: ¡Hala, hala! En esa estábamos cuando de repente se levantó un pollo de codorniz mediano. Menos mal que al ver el vuelo del ave me tiré al suelo —si no, sólo Dios sabe lo que habría pasado con los dos tiros que me endosó el muy condenado—. Al principio le increpé, pero luego caí al suelo mareado. A decir verdad el hombre se preocupó demasiado y en puro ataque de nervios me gritaba: ¡No te mueras, majo! La orina humana —a falta de otros desinfectantes— siempre se utilizó como remedio de urgencia en el campo. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando al volver en mí vi que el muy cafre me estaba meando! ¡Meado y tiroteado!