Un trofeo madrugador.
Miguel Ramírez.


Un trofeo madrugador.

Bueno, tal vez mejor sería mejor titular a esta experiencia la retribución de una noche de espía, pero los títulos largos nunca han sido de mi predilección.

El día no pintaba para hacer mucho en cuestiones de cacería, pero a un servidor, como todos los cazadores, eso es lo de menos…. igual que para mi amigo el Dr. Fermín, que ya en la tarde de ese día me dijo "vamos a espiar los tejones a una labor", a lo cual ni tardo ni perezoso acepté.

Iniciamos el trayecto hacia la labor y ya en ella escogimos cada uno, en diferentes puestos, unos entraderos que tenían los animales, y que estaban acabando con la incipiente cosecha; para variar, las condiciones no eran las adecuadas, porque a pesar de que había luna llena y se podía mirar con facilidad entre las milpas, la neblina se aparecía de cuando en cuando.

A eso de las 2 de la madrugada decidimos reunirnos ya que el frío empezaba a apretar, para decidir que haríamos, si continuar o de plano volver sobre nuestros pasos a la comodidad de nuestras casas, tomando la decisión de continuar la espiada para posteriormente temprano en la mañana trasladarnos a unos arrozales para tirarle a las huilotas, sin necesidad de ir y venir a la ciudad nuevamente.

De nada sirvió que montáramos guardia alternadamente durante el resto de la noche, porque los tejones nunca se aparecieron, y si lo hicieron fue en esos ratos de sueño que a todos nos llegan, total a todos nos pasa.

Ya queriendo amanecer nos hicimos al camino en la camioneta en busca de las alas blancas, primeramente me había estrenado fallándole a un conejo desvelado que se atravesó a media brecha, a lo que dije… "si esto es con un conejo, que me espera con las huilotas volando", sobra decir los buenos augurios y comentarios de mi compañero…

Por fin llegamos al lugar donde esperaríamos que pararan las parvadas, pero como aún era temprano, serían más o menos 7 quince de la mañana, mi amigo decidió recostarse en la caja de la camioneta mientras se llegaba la hora, y un servidor optó por mantenerse de pie, oteando el horizonte en busca de las huilotas, dejando mi escopeta, una stevens monotiro, de la época de la revolución, sin tiro, recargada sobre la tapa de la caja de la camioneta, con la cartuchera terciada en la tapa, cuando de pronto escucho el ruido característico de un venado al paso… chaz… chaz… chaz… chaz…

Volteé hacia el arrozal que tenía a mi derecha, y justo en el falsete del lienzo, se encontraba parado, mirándome fijamente, un señor venado, con el huacal bien abierto y desarrollado, quedándome paralizado por la impresión… yo creo que el animal igual, porque bien fueron bastantes segundos los que nos quedamos viéndonos fijamente… por fin atiné a estirar mi brazo para tomar la escopeta, mientras con el otro brazo, sin dejar de mirar al animal, tentaba de que lado habían quedado en la cartuchera los tiros del cero… a la vez que le decía a mi amigo en voz baja lo que estaba pasando, él intentó levantarse, pero lo detuve porque el ruido que hizo provocó que el animal empezara a caminar al paso, alejándose de mi… pero siempre dentro del arrozal, al final logre sacar un tiro del cero y atiné a meterlo en la recámara de la escopeta, todo sin hacer movimientos bruscos y siguiendo con el oído el rumbo y la distancia que ya me llevaba el venado.

Mi amigo terminó por incorporarse y me dijo: "síguelo, síguelo…" a lo que por instinto obedecí, caminé unos metros sobre la brecha, escuchando siempre a mi lado al animal que ahora me quedaba cubierto por la línea de huisaches que estaban sobre el lienzo, cuando de pronto escuché que ya iba al trote, por lo que aceleré el paso, no recuerdo a que horas dejé de escucharlo, pero lo siguiente que tengo registrado en la mente, es que el animal cruzó frente a mi en dirección hacia el arrozal que quedaba a mi izquierda, a media brecha pegó un salto endemoniado, logrando salvar el lienzo izquierdo con toda facilidad.

Aún hoy no sé cómo es que a medio salto logré hacer el disparo, más por instinto que por experiencia, acertando en pleno codillo del animal, que terminó su salto del otro lado del lienzo, yo seguía pensando que le había fallado, porque antes de fijarme si había hecho blanco o no, le grite a mi amigo que me diera otro cartucho, ya que el venía corriendo atrás de mi con su escopeta preparada, me grito "no traigo", mientras me aventaba su arma y me decía "tírale con esta", lo que hice, resultando que traia cartuchos de 7 ½ por lo que no hicieron más que quedársele entre el cuero y la capa de grasa del animal.

Una vez recuperados de la impresión, brincamos el lienzo y llegamos hasta donde estaba el venado, que ya estaba en las ultimas, yo no podía dar crédito a lo que estaba pasando, pero mi amigo se encargo de recordarme que no estaba soñando ni mucho menos, que había hecho un tiro digno de fanfarrias, con un poco de dificultad levantamos el animal, que bien rondaba los 70 kilos, trasladándolo a la camioneta para iniciar nuestro regreso a casa, con un trofeo madrugador, luego de una noche de espía y un conejo riéndose a carcajadas de mi mala puntería.

Miguel Ramírez.

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