Un trofeo madrugador.
Bueno,
tal vez mejor sería mejor titular a esta experiencia la retribución
de una noche de espía, pero los títulos largos nunca han
sido de mi predilección.
El día
no pintaba para hacer mucho en cuestiones de cacería, pero a
un servidor, como todos los cazadores, eso es lo de menos
. igual
que para mi amigo el Dr. Fermín, que ya en la tarde de ese día
me dijo "vamos a espiar los tejones a una labor", a lo cual
ni tardo ni perezoso acepté.
Iniciamos
el trayecto hacia la labor y ya en ella escogimos cada uno, en diferentes
puestos, unos entraderos que tenían los animales, y que estaban
acabando con la incipiente cosecha; para variar, las condiciones no
eran las adecuadas, porque a pesar de que había luna llena y
se podía mirar con facilidad entre las milpas, la neblina se
aparecía de cuando en cuando.
A eso de
las 2 de la madrugada decidimos reunirnos ya que el frío empezaba
a apretar, para decidir que haríamos, si continuar o de plano
volver sobre nuestros pasos a la comodidad de nuestras casas, tomando
la decisión de continuar la espiada para posteriormente temprano
en la mañana trasladarnos a unos arrozales para tirarle a las
huilotas, sin necesidad de ir y venir a la ciudad nuevamente.
De nada
sirvió que montáramos guardia alternadamente durante el
resto de la noche, porque los tejones nunca se aparecieron, y si lo
hicieron fue en esos ratos de sueño que a todos nos llegan, total
a todos nos pasa.
Ya queriendo
amanecer nos hicimos al camino en la camioneta en busca de las alas
blancas, primeramente me había estrenado fallándole a
un conejo desvelado que se atravesó a media brecha, a lo que
dije
"si esto es con un conejo, que me espera con las huilotas
volando", sobra decir los buenos augurios y comentarios de mi compañero
Por fin llegamos al lugar donde esperaríamos que pararan las
parvadas, pero como aún era temprano, serían más
o menos 7 quince de la mañana, mi amigo decidió recostarse
en la caja de la camioneta mientras se llegaba la hora, y un servidor
optó por mantenerse de pie, oteando el horizonte en busca de
las huilotas, dejando mi escopeta, una stevens monotiro, de la época
de la revolución, sin tiro, recargada sobre la tapa de la caja
de la camioneta, con la cartuchera terciada en la tapa, cuando de pronto
escucho el ruido característico de un venado al paso
chaz
chaz
chaz
chaz
Volteé
hacia el arrozal que tenía a mi derecha, y justo en el falsete
del lienzo, se encontraba parado, mirándome fijamente, un señor
venado, con el huacal bien abierto y desarrollado, quedándome
paralizado por la impresión
yo creo que el animal igual,
porque bien fueron bastantes segundos los que nos quedamos viéndonos
fijamente
por fin atiné a estirar mi brazo para tomar la
escopeta, mientras con el otro brazo, sin dejar de mirar al animal,
tentaba de que lado habían quedado en la cartuchera los tiros
del cero
a la vez que le decía a mi amigo en voz baja lo
que estaba pasando, él intentó levantarse, pero lo detuve
porque el ruido que hizo provocó que el animal empezara a caminar
al paso, alejándose de mi
pero siempre dentro del arrozal,
al final logre sacar un tiro del cero y atiné a meterlo en la
recámara de la escopeta, todo sin hacer movimientos bruscos y
siguiendo con el oído el rumbo y la distancia que ya me llevaba
el venado.
Mi amigo
terminó por incorporarse y me dijo: "síguelo, síguelo
"
a lo que por instinto obedecí, caminé unos metros sobre
la brecha, escuchando siempre a mi lado al animal que ahora me quedaba
cubierto por la línea de huisaches que estaban sobre el lienzo,
cuando de pronto escuché que ya iba al trote, por lo que aceleré
el paso, no recuerdo a que horas dejé de escucharlo, pero lo
siguiente que tengo registrado en la mente, es que el animal cruzó
frente a mi en dirección hacia el arrozal que quedaba a mi izquierda,
a media brecha pegó un salto endemoniado, logrando salvar el
lienzo izquierdo con toda facilidad.
Aún
hoy no sé cómo es que a medio salto logré hacer
el disparo, más por instinto que por experiencia, acertando en
pleno codillo del animal, que terminó su salto del otro lado
del lienzo, yo seguía pensando que le había fallado, porque
antes de fijarme si había hecho blanco o no, le grite a mi amigo
que me diera otro cartucho, ya que el venía corriendo atrás
de mi con su escopeta preparada, me grito "no traigo", mientras
me aventaba su arma y me decía "tírale con esta",
lo que hice, resultando que traia cartuchos de 7 ½ por lo que
no hicieron más que quedársele entre el cuero y la capa
de grasa del animal.
Una vez
recuperados de la impresión, brincamos el lienzo y llegamos hasta
donde estaba el venado, que ya estaba en las ultimas, yo no podía
dar crédito a lo que estaba pasando, pero mi amigo se encargo
de recordarme que no estaba soñando ni mucho menos, que había
hecho un tiro digno de fanfarrias, con un poco de dificultad levantamos
el animal, que bien rondaba los 70 kilos, trasladándolo a la
camioneta para iniciar nuestro regreso a casa, con un trofeo madrugador,
luego de una noche de espía y un conejo riéndose a carcajadas
de mi mala puntería.
Miguel
Ramírez.