La calurosa
mañana del 22 de febrero del 2005, después de manejar
640 kilómetros, arribé a tierras de la provincia de la
Pampa, mas allá de General Acha, cerca del paraje "El Carancho",
precisamente al establecimiento "El Olmo", de la familia Torres.
Accedí a él, junto a mi hija mayor, Eloísa, de
14 años de edad; quien me acompañaba por primera vez a
una salida de caza. Allí nos recibieron los mismos dueños,
una gente sencilla, de corazón grande y muy hospitalarios. También
mi amigo cazador Jorge Gabari, mejor outfitter; quien se preocupó
en todo momento por la comodidad de nosotros, alojándonos en
una modesta casa de campo.
Luego
de acomodar todos nuestros bártulos en la vivienda, junto a él,
salimos a recorrer el campo, para poder encontrar pasadas entre los
alambres, huellas, y revolcones de algún "suido", que
nos de señas de su presencia en la zona.
Afortunadamente
Jorge y los propietarios de esta gran extensión, de más
de 7000 hectáreas, manejan esto con gran sentido de responsabilidad
en el manejo de la fauna y mucho respeto a todo lo que acontece en el
mismo. Se preocupan por tener los tajamares o charcos bien cebados con
grano; dos espacios grandes de terreno, sembrados con maíz y
otro con trigo. Las picadas, es decir los caminos interiores, todos
transitables, cortafuegos hechos como precaución a infames incendios,
típicos de estos territorios y unos cuantos apostaderos de altura,
hechos de madera, muy cómodos e importantes para la espera en
la noche.
Después
de un par de horas de observar las posibilidades que tendríamos,
elegimos un buen sitio frente a un tajamar, donde el polvo de la tierra
y el barro de la orilla estaban plagados de huellas profundas y frescas
de jabalís, y entre todas ellas había varias de un macho
grande. El lugar era espléndido y decidimos que retornaríamos
al atardecer; antes del ocaso.
Recorriendo caminos bastante polvorientos, a pesar de que en noches
anteriores habían caído unos milímetros de agua
- lluvia bien recibida en estos lugares áridos- regresamos a
la casa para almorzar algo y acostarnos a descansar.
Finalmente
el atardecer llegó y comenzó "la caza".
Delante nuestro, una perfecta aguada como un oasis, se presentaba ante
nosotros, dejándonos un hermoso paisaje para el deleite de nuestros
ojos. Su margen completamente cubierto de hierbas, más arriba,
un montecillo estrecho; que no dejaba ver más allá. Detrás
de él, comenzaba un gran claro de superficie, plagado de matas
-bajas cortaderas amarillas- cual una llanura de África y a unos
cuantos metros de ahí, se expandía el monte, cerrado,
de ramas estrechas y grandes árboles; guarida de los animales
salvajes.
El aire
estaba lleno de insectos, unos alguaciles, largos y grandes, con sus
alas transparentes, se arremolinaban, dando giros veloces sobre el espejo
de agua. Persiguiéndolos, las tijeretas caían en picada,
como "kamikazes", atrapándolos ágilmente y demostrando
así, la clásica lucha por la supervivencia. Una liebre
silenciosa, entró de la derecha, pastó tranquila, hizo
unas deyecciones y tan sigilosa como apareció, se fue. Más
tarde, surgió de la oscuridad de la noche un pequeño ciervo,
un "bareto", tomó agua muy placido y se esfumó,
buscando el seguro refugio del monte. Al cabo de unos minutos, alertó
más nuestros sentidos, el sonido de las alas de unos patos que
echaron a volar, dirigiéndose asustados; quien sabe a donde!
...a los minutos unos cachorros de jabalí entraron sin cuidado
a tomar agua y revolcarse. Los observamos atentos. Por dentro sentí
que los tenía fácil pero los respeté, ninguno valía
la pena, eran todos pequeños. Recordé aquella sapiencia
que dice: "... el padrillo es solitario y el último que
entra a la aguada". Por lo tanto, permanecimos con todas las "antenas"
puestas, esperando que aparezca un viejo macho que sirva de trofeo para
coronar esta partida.
Durante
varias horas gozamos de ese gran espectáculo que nos dio la madre
naturaleza, observando una abundante fauna. Con una luna poco visible
a causa de la nubosidad, a las 11:50 nos bajó sigilosamente un
chancho, derecho a una osamenta, a unos 70 metros. Enseguida se dirigió
al barro, donde se revolcó y en segundos, con un rápido
movimiento se paró en sus cuatro patas, levantando la cabeza
y con el cuello alzado venteo la noche, como presagiando algo.
Ayudado
por los binoculares de gran definición, distinguí claramente
que era un buen ejemplar macho de jabalí -comparándolo
con la vaca muerta- su silueta me dejó ver su cruz elevada, como
un toro "miura" (de lidia) con su lomo bien pronunciado -
me di cuenta que había llegado el momento esperado, pues tenia
ante mi el trofeo que ansiaba durante mucho tiempo.
Lo centre en la mira telescópica de mi Máuser 308 y decidí
intentar un tiro difícil por que era una noche bastante oscura.
¡Las tinieblas que prefieren los grandes "navajeros"!
como decimos en nuestra jerga, los cazadores. Pero confiando en la precisión
de mi arma tensé mis músculos y solté el disparo,
presionando suavemente el gatillo. El animal cayó como tocado
por una rayo. Una muerte limpia lo sorprendió, con un tiro perfecto
que lo dejó sin vida en esa cálida medianoche veraniega.
Lo que
me dejó impresionado fue la performance de la munición
que utilicé; un cartucho preciso, confiable y de prestaciones
excelentes. La bala NORMA de 180 grs, punta hueca de teflón,
le entró arriba de la paleta derecha, rozando la espina dorsal,
con salida por la izquierda. El "coloso" quedó tendido,
inerte, como petrificado en la oscuridad. Lo mejor que me ocurrió
en este difícil lance.
Con mi
hija nos saludamos, tomándonos de la mano, sonriendo, embriagados
de emoción, alegría y mucha adrenalina. Dejamos pasar
un buen tiempo, lo aconsejado siempre por todos los monteros prudentes
y bajamos del apostadero con sigilo.
Cuando
nos acercamos, pudimos comprobar que era un jabalí de buenas
defensas, que midieron 8,9cm y 9cm de colmillos afuera! Nos fundimos
en un abrazo y nos felicitamos mutuamente por el éxito obtenido.
En ese
momento, mi mente voló,... me invadieron recuerdos, anécdotas,
consejos, sabiduría, experiencias compartidas, todo lo leído...
todo lo que uno anheló, intercambió con colegas cazadores,
amigos y por supuesto con mi padre. Esas añoranzas me conmovieron,
acorralaron mi corazón; haciéndome humedecer los ojos
con brillantes lágrimas retenidas.¡¡Había
cazado el padrillo de jabalí soñado!!... y de que forma:
¡Junto a mi hija!
Tengo que
reconocer el aguante que tuvo ella, que por ser la primera vez que hacía
esto, "pasó la prueba de fuego", se mantuvo estoicamente
quieta y silenciosa; "bancándose" los tremendos calambres
que le tomaron, cuando hacía seis horas que estábamos
sentados. Compartimos unos días inolvidables. Todavía
recuerdo los mates, con las sabrosas "tortafritas", las largas
charlas con Jorge y por supuesto el delicioso costillar asado de nuestra
presa, que almorzamos en lo de Torres.
A pesar
que el tiempo pasó volando, el balance de estos días de
caza fue más que positivo. Además del trofeo cobrado,
con Eloísa gozamos de un lugar mágico, como siempre fue,
es y será La Pampa!