Hace días
fui invitado por unos amigos a un rancho que se encuentra en los límites
de Coahuila y Texas, entre el municipio de Hidalgo y el de Guerrero,
patriota. La idea era de traernos el mejor ejemplar de cola blanca que
existiera en esos lares, así que la tarea era ardua, ya que no
es fácil determinar cual seria el ciervo de mejor estampa en
la región.
Todo estaba
preparado para efectuar una cacería súper, llevamos cocinero,
guías, dos campesinos candelilleros especialistas en el huelleo
de venado, Josué y Daniel, hombres recios acostumbrados a caminar
desde que amanece hasta que anochece, conocedores de todos los rincones,
aun inéditos. La troca, una Dodge cuatro por cuatro, doble cabina
que había conseguido un de mis compañeros. Ya en Hidalgo,
le fue instalada una torre para cuatro personas, perfectamente acondicionada
para dar confort a sus pasajeros, claro que sin ella, por los matorrales,
hubiera sido imposible ver algo.
Partimos
de Saltillo el viernes a medio día, todo iba bien hasta que nos
salimos de la autopista a Laredo, ya que teníamos que cortar
por Sabinas, para de ahí, pasar por Candela y después
tomar la recta a nuestro objetivo.
Precisamente
en estación Candela, fuimos interceptados por una tercia de agentes
federales, creo que eran rurales, pero por las armas que traían
parecían federales, uno portaba un cuerno de chivo, otro pistola
en mano, y el tercero una escopeta doce recortada.
Nos entrevistaron,
enseñamos el porte de las armas, las revisaban, creo que querían
que el documento trajera un error para echársenos encima, no
fue así, todos los documentos en orden, de mala gana nos dejaron
pasar. No tenían alternativa.
Después
todo fue tensión, ya que cuando salimos de la estación
Candela, fuimos cubiertos por un banco de niebla que duró hasta
Lampazos de Naranjos y poco después de pasar Anáhuac,
dejamos atrás las nubes que impedían la visión
y ponían de punta nuestros nervios.
Luego de
dos horas de camino y de varios padres nuestros, llegamos a nuestro
destino, no sin antes pasar por otro reten militar que se encuentra
en el cruce de Colombia y carretera a Monclova. Ya estaban Josué
y Daniel esperándonos en la puerta del rancho, se veían
ansiosos de partir al campamento, una vez ahí, fuimos acomodados
en catres dentro de una galera destinada para tal efecto. Cerca de las
once de la noche, ya habíamos tomado algunos traguitos para mitigar
el frío, que no es por nada, pero hablabas y se caían
las letras congeladas. Dijo Daniel: ¿que les parece si vamos
a dar una vueltecita al campo?, ¡sin armas! sólo para echar
la luz y saber en donde andan los animales, -conozco un lugar donde
son muy pagados dijo Josué. Bueno como ustedes quieran, contestamos
casi a coro. Accedimos y salimos a recibir el fresco de la noche, ya
se han de imaginar, si en la galera estaba frío, a la intemperie
estaba insoportable, afortunadamente íbamos preparados para ese
tipo de acontecimientos, una vez montados en nuestros overoles, salimos
a campear sobre la torre. No me lo van a creer, pero aquellos campos
parecían arbolitos de navidad, completamente aluzados, y no eran
más que los ojos de los animales que tenia el rancho. Jamás
había visto tanta belleza.
En la noche,
ya en las camitas, casi no pudimos conciliar el sueño, pensando
en que amaneciera para salir a cazar, ciertos de que sí había
suficiente venado para escoger y determinar cual era el superior de
la especie.
A las cinco
de la mañana fue interrumpido nuestro sueño por la voz
de Daniel que nos gritaba, ¿quieren venado? ¡pues levántense!
Ya es la hora, para cuando nos paramos, estaba la jarra del café
hirviendo, nos servimos una taza con su respectiva cremita, y unas galletitas
que le había echado la esposa a Daniel.
Si en la
noche anterior había hecho frío, en la madrugada estaba
helando, con un aire que calaba hasta los huesos, pero como dijera hace
tiempo: ¡ah vicio cabrón!. Ahí estamos, no importan
las peripecias y los malos tratos que recibas de la madre naturaleza,
nunca te podrán hacer desistir de tu empeño... La cacería.
Como era
el primer día, cada uno de nosotros fuimos dejados en un blinds,
o espiadero, ahí permaneceríamos hasta las diez de la
mañana, estábamos comunicados con unos radiecitos de onda
corta que tienen un alcance de tres kilómetros, eran las seis
y aun no se veía algo digno, abundaban las hembras y los cervatos,
estábamos decididos a encontrar lo mejor, era mucho decir pero
buscábamos el sueño de todo cazador.
Cerca de
las nueve, al lado izquierdo de mi espiadero, oí un crujir de
ramas, inmediatamente mi cuerpo se sintió invadido de adrenalina,
como si el animal me fuera a ver, me voltee lentamente, el matorral
era demasiado alto, solo vi que se movía un mezquite algo frondoso,
apunte mi rifle, buscando ver lo que yo quería, una y otra vez
recorrí con el telescopio el arbusto, y no logré ver nada,
después, silencio...
Habían
pasado cinco minutos cuando de nueva cuenta oí el crujir de las
ramas secas, ahora casi adivinaba el peso, solo lo podría hacer
un animal de buen tamaño. La adrenalina se volvió apoderar
de mi cuerpo, haciendo que mi respiración fuera jadeante, y a
pesar del frío, sentí que mi cuerpo trasudaba. Pensé
mientras recorría el espacio con mi lente: Claro que todo las
penurias que pasas valen la pena por estos momentos. Pero por más
que busqué, no encontré al responsable de esos ruidos.
Luego,
me llamó por radio Rafael mi compañero de cacería,
¿que haces? ¿que has visto? yo solo he visto hembras y
cervatillos, me dijo. Comenté lo que me estaba pasando. Josué
que acompañaba a Rafael dijo: ¡aguas Pablo!, es el que
estamos buscando, no lo pierdas, está atento, de un momento a
otro sale, ¡ojo de chícharo! Dijo riéndose. Justo
en ese instante se volvieron a oír los crujidos, solo que un
poco más que las primeras veces... Ahora a través del
telescopio, aparecieron algunas puntas de lo que se adivinaba eran unos
cuernos extraordinarios, de trofeo, digno de competir en www.enlamira.com.mx.
Solo de pensar en que podría ganar el premio hizo que mi piel
se pusiera chinita de la emoción.
El ruido
entre el matorral se hizo continuo, los cuernos salían y se escondían
entre las ramas. Pero no veía la forma, quería observarlo,
tenerlo totalmente en mi lente, hubo un momento en que el animal salió
a un claro y lo pude ver, definitivamente era la pieza que estábamos
buscando. Apunté con todo mi ser, sentí que el pulso dejó
de latir, pero les juro que se podía oír el palpitar de
mi corazón, mi telescopio no se movía, estaba ahí
fijo, esperando que existiera la coordinación con mi dedo índice,
me daba miedo no acertar, eran escasos cien metros, no podía
fallar, venciendo el miedo, logré presionar el gatillo y después
de la percusión, solo silencio, no lograba ver nada, el ruido,
los cuernos, habían desparecido, no se oía ni el cantar
de los pajaritos.
Dando zancadas
bajé muy rápido del espiadero, me dirigí hacia
donde estaba el venado. No, no estaba, solo ramas quebradas, huellas
de donde había saltado, realicé algunas vuelas en el área
y logré ver algunas gotas de sangre, al instante les hablé
a mis compañeros, está pegado les dije, es el animal más
grande que he visto, necesito ayuda para buscarlo.
En veinte
minutos estaban todos conmigo, tratando de buscar las huellas para darle
seguimiento, Josué y Daniel empezaron a caminar en círculos,
de forma inmediata localizaron las huellas, y a caminar señores,
no había otra, entre que aquí va, ya se taponeó,
y ya no veo nada, nos dieron las 6 de la tarde. Por la hora que era,
sugirió Ramiro que nos regresáramos al campamento y que
mañana domingo continuáramos muy temprano, en poco tiempo
ya no habrá luz y además no hemos comido, así es
que accedimos y nos retiramos. Josué y Daniel querían
seguir, pero era mejor regresar.
Una vez
a la orilla de la fogata y disfrutando un buen taco que nos preparó
mi buen amigo y el cocinero de campo, Benito. La platica, claro, toda
fue del animal tan grande, que seguramente estaba en algún rincón
de la sierra, esperando su muerte o yerto. Benito al ir a servirse su
ración, con sorpresa vio que ya no había nada para él,
exclamando con fuerte voz: ¡Es la última vez que les hago
este guisado a la mechingué, nunca me dejan cabrones!
Luego de
un buen taco y de un buen trago nos fuimos a dormir para estar listos
en la mañana.
El domingo
al amanecer, disfrutábamos de un humeante y rico café,
listos para ir tras nuestro trofeo.
Volvimos
al lugar en donde nos quedamos sin luz, la misma operación, los
guías empezaron a caminar en círculos y rápido
encontraron la huella, el animal pisaba medio chueco, ya que no apoyaba
una pata. Habíamos recorrido quizá cinco kilómetros
cuando se oyeron los ladridos de un coyote, sólo caminamos quince
minutos más y quedó a nuestra vista el animal, aquel precioso
animal, que por desgracia, estaba siendo devorado por una jauría
de aquellos depredadores, realizamos varios disparos ahuyentando los
coyotes.
Al llegar
en donde estaba el venado, apreciamos que apenas comenzaban a destrozarle
la piel del estomago, que regularmente es de donde comienzan a comer
a su presa. Afortunadamente la cabeza y el cuello estaban en perfecto
orden, todos quedamos admirados de la presencia majestuosa de aquel
espécimen, del garbo, de la simetría de sus cuernos, en
fin era todo en sí, un figurín cervático.

Cortamos
lo que habían dañado los coyotes y lo que quedó,
lo trasladamos hacia el campo, el resto del tiempo fue de halagos, de
historias contadas por los guías y lo principal, la fotografía
del recuerdo. Justo cuando me tomé la foto, en el preciso momento
en que el flash destelló... Sonó el despertador, -¡ya
levántate guevón!, se te va hacer tarde para llegar al
trabajo... Chin. Todo había sido un sueño... Así
es esto.
Desgraciadamente
este año no pude conseguir el traslado de mis armas y me quedé
a soñar, este es uno de mis sueños. Suerte amigos cazadores.
Pablo
Ortega Mata
sampetrino@yahoo.com.mx