Al fin,
nuevamente estaba ahí parado frente ella, con el aliento roto
por la emoción, sus grandes ojos avellanados me observaron profundamente
mientras un calor indescriptible recorría todo mi cuerpo, había
pasado tanto tiempo desde la última vez que había tenido
a alguien semejante tan cerca a mí, sin embargo; no podía
olvidar aquella grácil y hermosa silueta, mi temblorosa mano
intentó por un momento alcanzar su cuerpo pero mi mente desconectada
o atónita no enviaba la señal correcta y en vez de un
movimiento lo que mi cuerpo hizo, fue inhalar profundamente aquel místico
aroma.
Rincón
Sandía era el escenario más que perfecto para aquel encuentro,
el lomerío con el verde en todos los tonos imaginables, la quietud
de la tarde, el murmullo del arroyo y el cantar de pájaros hacían
más sublime ese momento. Las huellas frescas de un día
soleado remataban en un espectacular y sin igual crepúsculo.
De mi frente brotaron gruesas gotas de sudor que serpenteando escurrieron
sin control por todo mi cuerpo, mi respiración, pude advertir
que se había unido a la de ella, y nuestros agitados latidos
parecían provenir de un solo corazón.
De pronto,
un pensamiento abominable invadía mi ser, aquella conmoción
parecía ganarme y acabar con los que hasta en ese momento creía
sólidos principios, todos los sentimientos encontrados galoparon
por mi mente sin control y sin medida, pensé en la vida y en
la muerte, en la pureza del amor y la indiferencia del odio, más
en mi demencial proceder estaba la de avasallar a aquel frágil
ser, -sí- estaba más que loco, y poco a poco fui sintiendo
como la sangre envenenada dominaba mis sentidos hasta querer subyugarla;
en esa lucha interna recordé lo más bello de mi infancia
y las horas tristes de mi tierna juventud, no supe que hacer ni que
decir, me concreté únicamente a aspirar profundamente
aquel aroma y como si fuese un elixir sentí que curaba y sosegaba
mi alma. Pude comprender entonces que en ella solo había amor
y virtudes.
Me miró
nuevamente y sentí la más vil de las vergüenzas,
quise acariciarla y pedirle perdón de mil maneras pero fue imposible
un ruido ajeno a ese hermoso lugar había acabado con todo aquel
encanto. -Sí- era el "pinche" celular avisándome
que se había agotado la pila. Al bajar la vista para buscar el
aparato aquel, fue el tiempo suficiente para que aquella hermosa cierva
no la volviera a ver jamás.
Carlos
Manuel Utrilla Hernández