Cazador.

El día de San Venado.

Luis Fernando Wong.

Desde chicos salíamos con mi padre a las cacerías de venado, recuerdo que siempre nos dejaba en el campamento y por la tarde estábamos ansiosos por conocer el gran trofeo con el que iba a llegar, a través de los años, en las reuniones de familia siempre había anécdotas que nunca nos cansamos de contar una y otra vez, y claro, con el paso del tiempo, a algunos de los trofeos les crecieron uno que otra punta, por eso, antes de que la memoria me traicione, les quiero contar la historia del día de San Venado:

Corría el día 14 de enero de 1966 o 1967 no tengo el dato bien definido, cuando Don Luis Wong Wah tumbó su máximo trofeo, un couesi de 12 puntas con su flamante Winchester, en un paraje conocido como El Coyote, conozco este caso solo por las historias que mi padre me ha contado de aquel legendario venado, que por cierto le fue tranzado, por no decir más feo, por un taxidermista  creo de apellido Rojas, porque supongo era todo un gran trofeo para esos tiempos, a ese venado lo bautizamos como El Robado.

Pasó el tiempo y por muchos años nos olvidamos de esta actividad, hasta que, ya de adulto, fortuitamente me invitaron a cazar venados y renació en nosotros la afición por este deporte.

Casi un cuarto de siglo después, allá por el año de 1992 volvimos a salir de cacería, mi padre ya entrado en años, mi hermano al inicio de su adolescencia y yo ya casado, y resulta que, casualmente un día 14 de enero que nos topamos con una rebatinga de venados llegamos a contar hasta 14 venados juntos,  ese día mi inexperiencia en estas lides me hizo tirarle toda la carga a un venado de canasta pequeña y solo le pude quebrar una pata delantera, recuerdo que estaba desesperado metiéndole cartuchos al cargador y el venado estaba ya trastumbando la loma cuándo escuche pasar una bala a lo alto del cerro y veo caer redondito al venado, al buscar quien había tirado, alcancé a oír a mi padre en la otra ladera que me gritaba “¡como eres bruto, tan cerquita y por poco se te va!”, el venado cayo con el corazón atravesado, a ese venado le llamamos El Rebatinga.

A partir de ese año comenzamos a salir con regularidad temporada tras temporada, algunos años con éxito, otros sin, pero el dato curioso que empezó a marcar nuestras salidas, fue que casualmente en algunos años, cuándo todo mundo ya había tumbado su venado, nada más nosotros no habíamos tumbado nada, lo tumbábamos  hasta allá por el día catorce, como fue el caso de El Cuerno Chico y El Primo de Cuerno Chico, que son nuestros máximos trofeos de mi hermano Marco Antonio y Yo, otros venados como El Mamut, El Pavo, El Taxqueños y El Coyote también los tumbamos hasta el día catorce ya con los cuernos quebrados, tan así era nuestra mala suerte que empezamos a sospechar que éramos tan malos cazadores que solo podíamos tumbar venados por alguna razón desconocida, ¿o estos andaban ebrios o se habían fumado un toque de mota? de forma tal que no se daban cuenta de nuestra presencia, bueno y pensando de esta manera, dedujimos que el día 14 es el día de fiesta de los venados, por qué al igual que nosotros nos reunimos para festejar cualquier cosa, también ellos se reúnen y se toman unas chelas para festejar su día, por eso ese día siempre los encontramos reunidos y medio brutos.

A partir de esta “brillante y científica deducción”, empezamos a salir hasta el final de la temporada porque al inicio de ella no encontrábamos ni rastros de los venados y al final, ¡claro! ahí estaban todos reunidos, ¿porque?, pues porque es el día de San Venado y estaban festejando su día, ¡Elemental Mi Querido Watson!

En esta temporada que recién pasó, estábamos trabajando en la construcción de nuestra casita mis hijos Luis Fernando, Daniel Alejandro, Olga Angelina, mi Padre y Yo., Estaba más preocupado por terminar el trabajo que de salir a campear, a tal grado que decidí suspendería el trabajo únicamente el glorioso día de San Venado.

Llegado el gran día, nos levantamos con la fresca de las seis de la mañana y casi no hacia frío, ese día solo salimos mis hijos y yo, mi padre  estaba con sus achaques y no quiso salir, frisa en los ochenta años de edad y todavía el año pasado tumbó su venado y esta inventando la manera de ponerse en forma para la próxima temporada, y por si fuera poco, ahora junta su cochinito porque tiene curiosidad por saber que se siente cazar un gran cola blanca tejano cómodamente sentado en un “Blind”, mi hermano tampoco salió, no le dieron permiso en su trabajo de festejar el día de San Venado.

Nuestro método de cacería es a la búsqueda o acecho y normalmente lo hacemos en solitario,  este es el sistema que nos enseñó mi padre a mi hermano mis hijos y a mi, él considera poco loable tumbar un venado entre varios cazadores y peor llevando toda la gama de menjurjes y equipos tecnológicos usados para cazar cazadores, eso lo considera alevoso, por que, de por sí, ya tenemos la ventaja del rifle, telescopio y camuflaje, y, aparte de esto, todavía usas la tecnología y los persigues en grupo, con esto, les quitas casi todas las oportunidades a los venados de escapar o de esconderse, es un atentado contra la inteligencia del venado y denota la falta de lealtad del cazador para acecharlos en un mano a mano.

Por esta vez, parcialmente hicimos caso omiso de la regla y decidimos cazar ventajosamente, porque para él, salir dos cazadores juntos es “echarles montón”, salimos mi hijo de 18 años y yo con nuestros rifles calibre 308 y obvio qué, sin los sofisticados equipos tecnológicos de cacería.

Por otra parte, Daniel Alejandro de 13 años de edad, él sí seguiría la regla y saldría en solitario, él así lo pidió, salvo que, en lugar de llevar su raído arco, (desgastado, no por haber cazado con el, sino de tanto traerlo de aquí para allá), decidió cargar con su rascuachin rifle 22 Magnum marca patito amarrado con algunos tramos de alambre recocido, el cazaría cerca del campamento, al fin y al cabo…¿que podría cazar con ese riflito?, algún conejo y si tuviera suerte podría cazar algún coyote desprevenido.

Ese día planeamos recorrer una ruta de 12 kilómetros de lomerío por donde ya habíamos tenido éxito en las temporadas pasadas, los primeros tres kilómetros Daniel Alejandro se fue junto con nosotros y lo dejamos al llegar a un paraje conocido como “el barranco”, él de ahí se regresaría y nosotros continuamos con nuestro recorrido, un poco más adelante decidí que era mejor continuar la cacería por separado, así que modificamos parcialmente la ruta, mi hijo Luis Fernando se iría por un cañón y yo por otro diferente y nos veríamos en el puerto de “El susto”, cuándo nos separamos ya eran casi las nueve de la mañana y aún no dábamos con la fiesta de los venados, seguimos cazando por separado, iban a dar la doce del medio día cuándo cada quien llegó por sus lado al paraje acordado, yo no había visto ni maíz palomas y mi hijo solo había visto una venada distraída, acordamos otra vez separarnos y vernos hasta el paraje “del Coyote”.

Cuándo apenas había caminado unos veinte minutos, pasé distraídamente por una pequeña lomita pelona, pensando que no era posible encontrar un venado en ese sitio, ya que no había vegetación cerrada, solo algunos zacatones y algunos pequeños “gigantillos” en eso estaba, cuándo de pronto brinca de la nada un venado de diez puntas y sale corriendo por el arroyo, en ese momento pensé en no tirarle y dejarlo para ver si mi hijo lo veía, pues iba corriendo en la dirección por donde él venía, lo estaba viendo cuándo al susodicho venado se le ocurre cambiar de dirección y sale loma arriba haciéndome tirarle apresuradamente, al momento en que lo pude enfocar en el lente el venado estaba por trastumbar la loma y decidí soltarle el tiro a la cola, que es lo único que le podía ver, se lo solté, pues ya saben ¡solo por no dejar, estaba muy cabrón que le diera!,  ¿y que creen?....¿que creen?.......¡ le dí !....., me aventé un chiripazo de aquellos que solo se dan en el día de San Venado, le pegué en las nalgas se oyó bofo y cayó primero de los cuartos traseros y después se fue de costado para no levantarse más.

Al oír el disparo mi hijo se dejó venir porque también él oyó bofo el tiro, después de sacarnos algunas fotos con su celular lo intentamos llevar al arroyo para ahí destriparlo y no pudimos, creo que no pudimos por el relax que sucede después de la explosión de adrenalina al cazar el gran venado y no por lo pesado que pudiera estar, ahí mismo lo destripamos y lo cruzamos en una rama para sacarlo al camino, tuvimos que recorrer dos kilómetros de lomerío durante cuatro horas con el venado en la espalda, antes de llegar al camino mi hijo decidió irse al campamento para traer la “cuatrimoto” (una carretilla vieja que le pusimos una llanta sólida y le soldamos unos tubos ex profeso para cargar trofeos).

Yo me quede a buscar a Daniel Alejandro para ver que había cazado, estuve rastreando sus huellas y en un arroyo alcancé a ver un rastro de sangre que supuse Daniel iba siguiendo, a él ya no lo encontré, ya casi para oscurecer regresó Luis Fernando con la “cuatrimoto” y venía acompañado de Olga Angelina y Daniel Alejandro al preguntarle a este último por lo que había cazado me contestó que un coyote y ya se lo había llevado al campamento…, ¡con razón había visto la sangre!, pensé, después le pregunté que si había visto venados y contestó que si, que había visto primero uno y como una hora después le había salido otro “más cuernudo”  que el que traíamos ….¡exageradito el niño!, ¿y luego?, pregunté….., les tiré pero no les dí, me contestó……., ¡ah!, repliqué, ……hasta ahí quedo nuestra conversación, estaba muy egoístamente ocupado en sacarle fotos a mi venado antes de que oscureciera, que no se me ocurrió cuestionar más a Daniel Alejandro, después subimos el venado a la “cuatri” y nos turnamos todos para “conducirla”, para poder empujar la “cuatri” sobre las piedras tuvimos que improvisar un arnés para ser jalado por un “burro” y hacer brincar la llanta en zonas difíciles, yo me sentía exhausto con ganas de dejar el trofeo ahí, pero el orgullo me hizo mantenerme, porque eso atenta contra los principios que les he pregonado a mis hijos, siempre les he dicho que principal proeza al cazar un venado es la cargada hasta el campamento y la cacería no termina hasta que el venado se encuentra dentro del refrigerador, afortunadamente mi hijo Luis Fernando lo cargó, me quedé admirado porque no se de donde sacó fuerza, él solo casi lo sacó de entre las lomas y aun así cargó el venado el resto del trayecto, se le veía cansado más sin embargo no se rindió, otra que no se de donde sacó energías, fue Olga Angelina que venía a brinco y brinco y tan fresca que  parecía que no había caminado nada, Daniel también venía muy orondo y contento, también el parecía que no hubiera caminado antes en ese día, y yo, ¡ya se han de imaginar!...¡echando el bofe!, a cada paso que daba tenía que hacer un sobre esfuerzo y peor cada vez que teníamos que brincar algún arroyito o una piedra por pequeña que fuera, después caminar tres arduas horas en la oscuridad, finalmente llegamos al campamento poco antes de las diez de la noche, nos esperaba mi padre Luis Federico y mi esposa Martha Patricia con una suculenta olla de frijoles cocinados a la leña, una salsa de chile al molcajete y un té de cáscara de mezquite y para brindar teníamos un buen güisky” de torrecillas (sotol) y para amenizar la noche una cancioncilla muy a doc que va más o menos así; “ soy un pobre venaditooo que habitoo en la serraníaaa, como no soy tan mansitoo no bajo al agua de díaaa…tralala lala …”, con esa música de fondo, a pesar de estar cansados, disfrutamos plenamente de la noche que se empezaba a poner fría.

Al día siguiente nos regresamos a Velardeña para meter al refrigerador la carne del venado y mi Papá me pidió que lo llevara a Torreón para ir a su cita al IMSS, al regresar a Velardeña se me ocurre preguntarle a Daniel por la distancia a la que le había tirado a los venados y por la respuesta que me dio, calculé unos 70 metros y me quedé pensando, “Mis hijos heredaron la puntería de su abuelo, han competido en olimpiadas nacionales con rifle de aire y casi sin entrenar han quedado entre los primeros lugares,  y luego, cuándo Daniel se decidió a entrenar llegó a afinar su puntería a tal grado que le pegaba a la cabeza de un alfiler a 10 metros”…..enseguida hago un tiro con su rifle para revisar el apuntado y veo que lo alineó perfectamente bien, ante esto me pregunto; ¿Cómo es posible que le haya fallado a un venadote a tan solo 70 metros?.... ¿La precipitación del primerizo?....me quedo pensando, no creo, porque la serenidad es algo que lo ha caracterizado desde pequeño.

Ante esta pregunta reflexiono y les hablo a mis hijos, les informo que al día siguiente saldremos a primera hora a buscar esos venados que les “falló” Daniel, pues no es posible que les haya fallado a esa distancia a sabiendas de que el rifle se encontraba bien apuntado, además de que no debemos dejar venados heridos en el campo, este concepto siempre lo hemos manejado, pues nos duele ver  como algunos cazadores merman la población de venados tirando a diestra y siniestra dejándolos heridos por doquier, finalmente muchos de ellos terminaran muriendo infructuosamente.

Al otro día, antes de llegar al campamento, los bajo de “La Peltre” (camioneta) y los envío al sitio donde vi el rastro de sangre dos días atrás, previamente les dí un curso rápido de rastreo de venados heridos, yo me fui a continuar con los trabajos pendientes en tanto los muchachos buscaban a los venados fallados, al oscurecer escucho el alboroto que traían a su regreso y en la oscuridad alcancé a ver un bulto que traían entre las manos, al acercarse vi que era la cabeza de un venado, resulta que Daniel sí le había dado a un venado de nueve puntas y lo encontraron a unos cuantos metros de donde yo vi el rastro que supuse era del coyote cazado, ya se lo habían comido los zópilos y solo rescataron la cabeza y una pata, les pregunté por el otro venado y los muy contentos me responden que no lo buscaron, ante eso los mando a dormir y muy de mañana los envío a rastrear al otro venado, esa mañana siguiente, cuándo me quedé solo, me dispuse a almorzar tranquilamente y veo que a los muchachos se les había olvidado la navaja, me cambié y me fui en busca de ellos para llevársela, al llegar a sitio donde me dijeron que buscarían el otro venado, noté que unos zópilos fueron espantados por algo, supuse que eran ellos los que los habían espantado, así que me dirigí directamente al lugar guiándome por la alharaca que empezaban a armar, ya habían encontrado al otro venado que le “había fallado”, también ya estaba putrefacto y solo alcanzaron a rescatar los cuernos de ocho puntas y la piel de la copina ya estaba verde, este venado, según Daniel era el que había visto más grande que el mío y estaba “cuernudote”….,  ¡¡Vaya que si tiene madera de cazador!!......pues resultó ser un venado joven y mucho más chico que el primero que había cazado.

Una vez encontrados los venados dimos por concluida la cacería y la temporada.

A pesar de que recuperó los venados incompletos Daniel Alejandro regresó feliz por haber conseguido los primeros trofeos de su vida, él es de un carácter firme al que le gustan los retos, le a gustado competir en todo y sin ser obsesivo, tiene la habilidad de afanarse hasta que logra quedar entre los primeros lugares de las actividades que le interesan, este reto de ser cazador se le fue formando desde un día que salió a cazar, entonces de 8 años y su abuelo Luis tumbó un Jabalí de muy buen tamaño y se lo pusimos a él para que lo rematara con arco y flecha, fue de verse la cara de satisfacción y perdona vidas que puso al tomarle la foto, esa foto se la envíe en el 2003 a Pedro Julio Reyes para la galería de fotos de su página de enlamira.com.mx,  esa vez Pedro Julio me preguntó vía correo electrónico que si Daniel lo había cazado, al enseñarle el correo a Daniel para ver que respuesta le daba a Pedro Julio,  le hice la observación que en realidad el mérito de ese jabalí había sido de su abuelo y le dejé la respuesta a su criterio, quedó dubitativo y prefirió no contestar, de ahí en adelante le surgió el reto de cazar su propio trofeo, todo gracias a una simple pregunta que le hizo nuestro gran amigo Pedro Julio Reyes.

La lección que aprendimos con los primeros venados de Daniel Alejandro fue que debemos enseñar a nuestros hijos el arte de rastrear, inmediatamente después del uso de las armas aún antes de enseñarles a cazar, de haber sido así, Daniel Alejandro hubiera cazado un solo venado y ahorita estuviera mostrando orgulloso, no solo los cuernos, si no su primer venado disecado, además se hubiera evitado sacrificar innecesariamente al segundo venado, nuestra filosofía es solamente un venado por temporada.

El siguiente objetivo, (ya lo hablamos entre nosotros), es que a Daniel Alejandro se le quite el miedo al alto poder y con uno de ellos, tumbe la próxima temporada un “cuernudote” de mayor tamaño, si Dios nos da licencia.

Luis Fernando Wong López.

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