Existe
un punto en el mundo, quizá cerca de San Pedro de las
Colonias, pero como todo buen cazador, no es conveniente ubicarlo
perfectamente, ya que se puede quemar un buen coto de caza,
bueno este punto se llama "anda y vete", quizá
tampoco sea el nombre, pero considerando que no es importante
el lugar, si no lo que se vivió en el, paso a contarles
lo que mis compadres y un servidor vivimos en esa área
de algún punto del mundo.
Como
todos los años y ese no podía ser la excepción,
los fines de semana, dentro de la temporada de caza, claro,
nos preparábamos para ir a buscar algún venadito
que pudiera saciar nuestra sed de cazadores, ese viernes se
nos hizo tarde en el camino, ya que los preparativos apresuradamente,
no nos permitieron revisar las llantas de la camioneta Dodge,
y se nos voló una trasera, lo que motivó que perdiéramos
demasiado tiempo en la reparación de la misma.
Tomamos
el camino de terracería ya avanzada la noche, regularmente
cuando bajamos del bordo, destapamos una cervecita o nos preparamos
un traguito, para eso de la tensión de la carretera,
pretextos, solo eso, los dos compadres y yo, íbamos en
la cabina de la camioneta, platicando y bromeando como acostumbramos
ser, y ya con cervecitas, "semos" más.
Al
frente de la camioneta, del lado derecho, apareció una
luz, lo que presumimos eran algunos cazadores de esos que acostumbran
a lamparear, nosotros no, ya que se ven muy feos los ojos de
los pobres animalitos.
Este
hecho, nos obligó a frenar nuestro paso, apagamos y encendimos
las luces, como para que nos vieran y suspendieran su "deporte",
pero no fue así, las luces permanecían encendidas
y, con una incandescencia que permitía ver las plantas
del desierto.
Poco
a poco y despacio, nos fuimos acercando al lugar donde provenía
la luz, pero entre mas avanzábamos mas se retiraba, aceleramos
para tratar de alcanzarla y dejarla atrás, cosa que no
logramos, ya que cuando íbamos llegando a su lugar de
origen, inmediatamente se retiraba, a una velocidad vertiginosa.
Lo
anterior hizo que los tres alegres compadres guardáramos
silencio y, si se hubiera podido tomar alguna fotografía,
solo hubiera salido lo blanco de los ojos de los tres, íbamos
con los ojos de plato, masticando chicle, era evidente el nerviosismo
de los cazadores.
Fue
tanto el temor que nos causó esa luz, que nos perdimos,
cogimos un camino que nos llevó a una majada, eran ya
como las tres de la mañana, despertamos al chivero y
nos orientó, andábamos como a veinte cuadras del
desfile.
Una
vez que tomamos el camino correcto, más delante acampamos
a un lado del camino.
Uno
de mis compadres se levantó a las seis de la mañana
a preparar café, para después de saborear una
tacita, seguir el camino al rancho "anda y vete" antes
de que empezáramos a tomarlo, nos gritó: -levántense,
ahí viene una camioneta- al voltear, vimos las luces,
e inmediatamente nos pusimos de pie... la camioneta no llegó
nunca, fue la misma luz que nos estuvo siguiendo por todo el
camino, la que pasó a un lado de nosotros, sin que pudiéramos
identificar su procedencia, nos quedamos petrificados, sintiendo
ese vacío en el estómago que causa una alta impresión.
De
ipso facto, recogimos las cosas como Dios nos dio a entender
y partimos al rancho.
Una
vez en el rancho platicamos de nuestra vivencia, a lo que una
persona mayor no dijo con un tono de despreocupación:
-no se asusten, es la "Luz Loca", todas las noches
la veo por el barrial-
Esa
noche, desde el rancho, estuvimos contemplando la luz, la cual
recorría todo el barrial y regresaba nuevamente, al punto
donde había empezada su recorrido.
Nadie
nos ha creído esta aventura tan extraña, misteriosa,
quizá de otro mundo, o del mas allá, pero esta,
estaba acá.
quen saaaobe.
Pablo
Ortega Mata
sampetrino@yahoo.com.mx