Después
de unas horas de carretera y agradable charla con Jorge García
(ecoproyectos) y mi compañero y amigo Javier Flores, llegamos
al municipio de Tepehuanes, Durango, donde ya nos esperaba Chuy Cantú,
hombre sencillo y amigable, quién sería nuestro guía
y al final nuestro nuevo amigo.
No tardamos
mucho en emprender el camino rumbo a la sierra, al "punto número
1" según acordaron Jorge y Chuy, donde haríamos nuestro
campamento y cacería. Ya íbamos llegando cuando al pasar
cerca de un presón vimos un buen ejemplar de guajolote que nos
cortó la plática y acaparó toda nuestra atención.
Vamos a llegar y horita venimos por el, fue el comentario de Chuy quién
no detuvo el andar de la camioneta.
Llegamos
y en cuestión de minutos nos camuflajeamos y sacamos escopeta,
tiros y reclamos, emprendiendo el camino hacia nuestra presa, quién
pronto respondió al reclamo de Chuy. Nos agazapamos y seguimos
llamándolo, al momento que mi corazón se aceleraba y mi
pulso aumentaba haciendo temblar todo mi cuerpo.
Dos o tres
veces más lo llamamos, mismas que nos respondió pero cada
vez más cerca, venía hacia nosotros y todo era en esperar
a que apareciera en un pequeño claro. Por fin entró, haciendo
su bello espectáculo en un ritual de cortejo, a escasos 10 metros
de mí. Quedé asombrado, maravillado de ver a esta grande
ave en todo su esplendor y colorido. Quienes conocen esta cacería
estarán de acuerdo conmigo.
Apunté
mi arma y jalé del gatillo
pero nada sucedió, el
PUUMMM no se oyó y la sorpresa me invadió
que pasa?,
porqué el cartucho está arriba y la escopeta no está
preparada?, no quise seguir buscando una respuesta, no dudé más
y corté cartucho nuevamente, el animal seguía ahí.
Nuevamente
levanté la escopeta, apunté y disparé, fallando
mi disparo rotundamente y viendo al guajolote emprender su huida al
momento que Chuy me gritaba, ¿Qué pasó? otro, otro,
suéltale otro. Mi propia decepción me impidió hacerlo.
Me había
pasado lo mismo que en mi última cacería de buras en Chihuahua,
había fallado a la corta distancia de 10 metros y empecé
a preguntarme que pasaba conmigo, ya llevaba dos grandiosas fallas y
aparte mi desempeño en las competencias de tiro sobre siluetas
de borrego a 600 metros había bajado totalmente, pues llevo ya
varias competencias sin poder derribar un borrego, pero eso sí,
en las practicas no fallo. ¿Qué pasa conmigo?, me pregunto
todavía sin encontrar un mínimo de respuesta.
Regresamos
al campamento donde la cómoda silla me esperaba cerca de la fogata,
me senté, les platiqué a Jorge y a Javier lo que había
ocurrido y sus palabras hicieron que el animo volviera a mí,
no importa que haya fallado, abatir el trofeo debe ser secundario en
nosotros, lo primordial es estar ahí, en esos remotos lugares,
con buenos amigos, un cómodo campamento y una reconfortable fogata.
Todavía
era temprano y nos fuimos a dar otra campeada por otro rumbo, esta vez
nos acompañó Javier para tratar de filmar la cacería.
No caminamos mucho para lograr ubicar a otro macho, gracias al experto
reclamo de Chuy. Nuevamente nos agazapamos y esperamos a que hiciera
su espectacular entrada pero desafortunadamente un leve movimiento de
nuestro amigo e incipiente camarógrafo lo alertó, emprendiendo
la huida.
Regresamos
al campamento, me sentía contento y feliz, acabábamos
de llegar y en menos de dos horas habíamos reclamado a dos buenos
machos, había gozado con solo verlos, que más podía
pedir?.
A la mañana
siguiente nos levantamos ubicando el punto donde estaban cantando los
guajolotes, ni el cafecito de la mañana nos quisimos tomar y
emprendimos el camino inmediatamente. El día clareo y ya estábamos
agazapados esperando la entrada del macho que había respondido
al reclamo.
Nuevamente
me deleitaba con ese bello espectáculo que hacen en su cortejo,
lo admiré por un momento y lentamente empecé a enderezar
mi escopeta pero no fue suficiente, el animal me vio y rápidamente
desapareció de nuestra vista. Así de rápida fue
nuestra campeada.
Sin más
regresamos al campamento a disfrutar de un buen desayuno y a definir
para donde íbamos a ir. No me preocupaba que ya fueran 3 salidas
y no lograra obtener mi trofeo, había una gran población
de guajolotes y sabía que uno se iba a venir a Saltillo, además,
yo no iba a romper el 100% de éxito que Jorge llevaba en esa
UMA.
Emprendimos
el camino hacia un lugar diferente, caminábamos un rato, nos
deteníamos y Chuy sonaba su reclamo. Así lo hicimos en
repetidas ocasiones hasta que un macho nos respondió, nos agazapamos
y seguimos reclamándolo pero ya no respondió. Chuy y yo
intercambiábamos miradas preguntándonos que pasaba, porqué
ya no respondía.
Cuando
menos lo esperábamos apareció frente a nosotros, como
a unos 25 o 30 metros, esponjado, arrastrando la punta de sus alas contra
el suelo y buscando por todos lados. Al no encontrar lo que buscaba
empezó a desconfiar y recogió sus alas, dio unos pasos
y se quedó inmóvil al momento que yo jalaba del gatillo
y quién sabe cuantas postas hacían blanco en el.
Al fin
había logrado cazar mi primer guajolote Gould, las felicitaciones
de Chuy y Javier no se hicieron esperar y yo también los felicité
a ellos, habíamos logrado nuestro trofeo de una forma natural
y tradicional, campeando y reclamándolo, como deben ser las cacerías
de guajolote.
De regreso
al campamento mi hijo llegó a mi mente, tenía que traerlo
a esta hermosa sierra de Durango a que viviera estos momentos y conociera
esta cacería, en silencio me prometí traerlo la próxima
temporada, si DIOS nos lo permite.
Al día
siguiente y antes de emprender nuestro regreso a casa, agradecí
a Jorge García y a Chuy Cantú por todas las atenciones
y facilidades que me brindaron para que yo pudiera realizar de forma
segura y exitosa esta cacería.
Sin más
les dije: aquí nos vemos el próximo año.


Jorge García,
un servidor y Chuy Cantú.
Pedro Julio Reyes Dávila
Abril del 2005.