Finales del mes de marzo y la "brama" estaba aflojando en
los cerros de la bella Cordillera de Los Andes.
"La
Brama" es el nombre con el que se llama a la época en que
en nuestro hemisferio Sur, el ciervo colorado o rojo, se alza en pos
de sus hembras, por el mandato de la sabia naturaleza, para dejar la
mejor descendencia.
Quién
no haya sentido ese gutural y brutal bramido o llamado dentro de los
bosques, no conoce uno de los espectáculos más imponentes
de la vida animal.
De esta
manera el "ciervo capital" se da valor a sí mismo y
trata de disuadir a algún macho joven que venga con intenciones
de arrebatarle algunas de las hembras de su "harem".
Los enfrentamientos
son comunes, y por lo general terminan haciendo chocar sus cornamentas
uno contra el otro, y luego de una corta batalla, alguno debe retirarse
vencido, de manera que el grupo de hembras sigue controlado siempre
por el más fuerte, y de esta manera la sabia naturaleza permite
que el mejor, el más fuerte y el más poderoso sea el que
siembre la semilla de la procreación, es decir se repite la selección
natural de la especie.
Era la
época del "bosque en llamas", por los colores amarillos
y rojos similares a los de un fuego, con que se pintan los árboles
y arbustos de nuestro hermoso Sur Argentino.

Bajada
de Rahue, la imponente vista, esos bosques de araucarias milenarias,
los ñires achaparrados, y todo el entorno de cerros nevados,
imponen respeto y emoción. Pasamos por el bello pueblo de Aluminé,
a orillas del río del mismo nombre hasta la unión con
el río Quillén. Todo esto es un regalo de la naturaleza
para quién visita estos lugares paradisíacos, y si aparte
en esos lugares se va en pos de uno de los trofeos más importantes
y codiciados, como lo es el ciervo "Colorado", el privilegio
es muy grande, similar a nuestra gratitud hacia esos lugares y a su
maravillosa y "criolla" gente.

Remontando
el camino a orillas del río Quillén, se llega a la Estancia
"El Recuerdo" de mi amigo Pedro Ochoa. El camino de entrada
a dicha estancia está custodiado por centenarios álamos
criollos de grandísimos troncos, fieles testigos de pasadas épocas,
hasta llegar a una hermosa casa dentro de un bosque de pinos azules
y rosas, todo como dentro de un cuento, y nuestro anfitrión Pedro
esperándonos con unos amargos como corresponde a esa estirpe
de fino criollo.-
En este viaje como en muchos me acompañaba Pepe Dimarco, gran
cazador y amigo, un gran conocedor de rastros, de costumbres de los
animales, de armas, mecánico, muy buen chofer y cocinero, en
fin un ladero completo.
Nos instalamos
en la hermosa casa que Pedro tiene destinada a tales efectos, muy acogedora,
con una estufa a leña muy grande en su living, sillones grandes
y cómodos, con una vista hacia el bosque que invita a pasar largo
tiempo disfrutando tan lindo entorno.
La elección
del arma para esta oportunidad no fue fácil, pues los tiros en
nuestro Sur Argentino suelen ser a largas distancias, y los calibres
potentes y rasantes son los más indicados, pero los que me conocen
saben de mi gran cariño por el .375 H&HMag., y justamente
unos días antes de la partida fui con el 375 y un Ruger 300WMag,
a un polígono a definir la cuestión.
Las cargas
para el .375 : Puntas RWS de 300 gr. con pólvora IMR-4350, regulado
a cero en 170 metros, consiguiendo un grupo de cinco disparos en cuatro
centímetros de diámetro. Son muchísimas las satisfacciones
que me dio este custom de 26 pulgadas de cañón, con una
mira Leupold fija de 6 aumentos con retículo 4.- Luego los disparos
se realizaron a doscientos cincuenta metros y el punto de impacto bajó
unos once centímetros, agrupando exactamente igual, de manera
que las cargas del 300 WMag. no fueron probadas y decidí una
vez más usar mi rifle del alma.
Mientras
disfrutábamos un estupendo asado acompañado por un tinto
de raza, preparábamos nuestra estrategia y forma de "entrarle"
a esos salvajes colorados de nuestra cordillera sureña.
Grandes
espacios abiertos, salpicados de montes de chacayes, ñires achaparrados
y araucarias, cobijan a ese gran trofeo que es el ciervo rojo y a sus
hembras.

Había
que salir montado desde el casco de la estancia a las cuatro de la mañana,
de manera de estar en los "bramaderos" antes de la salida
del sol, pues por lo que nos contaba mi guía y el baqueano, los
ciervos, a esta altura de la brama, empezaban a bramar muy temprano,
quizá una hora antes que salga el sol y continuaban a lo sumo
una hora más después del amanecer y a partir de ese momento
silencio total. Lo mismo a la tarde, cada día que pasaba bramaban
media hora más tarde, de manera que tanto de mañana como
de tarde había que estar en la zona una hora antes y eso demandaba
unas dos horas de a caballo.
La noche
antes de la partida se presentaba con una fina llovizna, viento y frío,
había que apretar los dientes y "presentarle paleta"
al decir de un paisano amigo. El guía adelante, yo al medio y
cerrando la marcha el baquiano, todos empochados a la mejor usanza criolla,
partimos a la hora señalada.
En total
oscuridad y de forma zigzagueante y lentamente fuimos ascendiendo la
montaña, la lluvia con viento nos daba fuerte en la cara, al
rifle trataba de evitarle una gran mojadura, pero eso fue al principio,
luego debió resignarse y como muchas otras veces se llovió
hasta cansarse. Todas estas alternativas son parte de estos lances,
y quien no esté dispuesto a pasar por este tipo de esfuerzo y
sacrificios, mejor que no intente cazar Colorados en campos abiertos
y al rececho, además siempre empleo una frase:"Quién
no da nada a cambio, no merece ningún respeto".
Llegamos
a un pedrero en un filo muy alto, ese era el lugar para dejar nuestros
caballos y comenzar nuestra cacería a pie y en un permanente
trabajo de binoculares y del oído experto de nuestro baquiano.
Llevaba
conmigo un "bramador" comprado en los EEUU y que nunca había
utilizado, lo habíamos probado en la estancia, pero causaba más
risa que otra cosa a los paisanos, de manera que no se me ocurría
contestar con él, a algunos de los bramidos que se escuchaban.
En otras oportunidades cacé Colorados con un baquiano que usaba
la mitad de una botella de plástico, como "llamador"
con resultados sorprendentes, pero esas habilidades las poseen algunos
espíritus selectos, de gente que convive con esa naturaleza agreste
y salvaje, con un gran poder de observación, y que tiene todo
el tiempo del mundo.
Todavía
de noche y se sentía un bramido muy fuerte, ronco y entrecortado
que venía de abajo de nuestra posición, pero imposible
de distinguir nada, además la claridad estaba demorada por la
capa de nubes y la lluvia era permanente, no había parado desde
que salimos .
Lentamente
fue aclarando y nos podíamos desplazar por el filo, los pastos
altos y muy mojados nos trasmitían toda el agua a nuestras ropas,
en esos momentos me acordaba que no quise llevar unos zapatos totalmente
impermeables por evitar peso
. Apareció a nuestro frente
y a no más de cincuenta metros un lindo macho muy joven, bien
rojo (característica muy propia de los machos jóvenes),
de buena cuerna de unas doce puntas pero muy finas, es decir un ciervo
con futuro, y bramaba de manera cíclica cada diez minutos, y
desde algún lugar otro le contestaba, este último era
ronco y corto, se sentía atrás de unos roqueríos
que estaban un poco lejos, pero decidimos aproximarnos para ver. El
rodeo nos llevó más de media hora, y al llegar a las rocas
grandes pudimos ver un grupo de hembras en posición expectantes,
sí, son las hembras las encargadas de la vigilancia de todo el
grupo, es un matriarcado, y cuidan celosamente al macho Capital. Es
muy común ver salir del bosque primero a una o dos hembras, las
que observan y ventean todo, y luego de que se aseguran de la tranquilidad
del lugar aparece el macho.
En este
tipo de cacería, el viento es un factor determinante, si cambia
y lleva nuestro olor al grupo de hembras, éstas no dudarán
un instante en desaparecer junto con los machos. Para evitar esto usamos
permanentemente un encendedor, lo encendemos y vemos hacia adonde apunta
la llama, realmente es un gran aliado en estos lugares tan abiertos
y altos como son los cerros, distinto sería dentro de un monte
pampeano donde un ruido pondrá en alerta a nuestro trofeo.
Arrastrándonos
nos acercamos y pudimos ver a un hermoso macho muy viejo, en regresión,
de color bayo, cogote muy grueso con una gran papada, con una cuerna
tan pero tan gruesa, que me hizo dudar por largo tiempo, pero era un
diez puntas horquillado.- Era el típico ciervo que es necesario
eliminar para impedir que deje descendencia, además como dije
antes, está en franca regresión y no va a arrojar nunca
más, mejor cabeza.- Esto lo confirmaba mi guía comentándome
que había visto varios machos jóvenes con la misma cabeza,
en ese campo y que un progenitor malo deja mala descendencia.- De todas
maneras les aseguro que el grosor de esa cornamenta era algo descomunal,
y ha quedado grabado en mis retinas para siempre, pero no era lo que
buscaba en esta cacería.
No se escuchó
bramar más en el cerro y por lo avanzado de la hora decidimos
volver a la estancia a descansar, comer y regresar por la tarde.
Todos mojados,
muertos de frío y hambre llegamos a la estancia, donde nos pusimos
ropas y calzado seco, tomamos una sopa muy caliente y dormimos unas
cuatro horas, de manera que a las cuatro de la tarde nuevamente montados
enfilamos hacia otro costado de esa montaña. La lluvia no paraba
y la visibilidad no era buena, pero a la hora de marcha, el guía
frenó su caballo en forma brusca y nos indicó que volviéramos
para no ser vistos, más adelante había un grupo de hembras,
y casi seguro habría un macho con ellas. Bajamos de los caballos
en pleno faldeo, el baquiano se quedó con los animales y nosotros
nos aproximamos al filo arrastrándonos, el viento estaba a nuestro
favor, estaban al lado de un arroyo que baja de la montaña rodeados
de chacayes (planta típica de esa región), podíamos
ver más de diez hembras con crías del año anterior.
A lo lejos se siente un bramido largo, las hembras ponen atención,
mueven sus orejas nerviosas en distintas direcciones, al rato nuevamente
se siente el mismo bramido y desde la misma dirección, nosotros
no podíamos identificar al macho que bramaba, y las hembras se
movían en círculo en el mismo lugar, evidentemente el
nerviosismo era muy grande, de pronto retumba muy cerca nuestro un sonido
salvaje, brutal, mezcla de toro y león, un macho que estaba con
las hembras, dentro del bosquecito de chacayes, contestaba a su oponente.
No lo podíamos ver, y nuestra excitación era como la de
las hembras.
Pasan unos
diez minutos en total silencio y nuevamente el macho lejano vuelve a
bramar, por el tipo de "bramido" era un macho joven, pues
era un sonido agudo y muy largo.
Gran movimiento
en el grupo de hembras, cuando de pronto aparece un soberbio macho muy
grande, bayo de cogote grueso, en feroz carrera hacia la cumbre del
cerro, donde pudimos ver por fin a quien lo estaba desafiando, un macho
muy joven, muy rojo al decir de mi guía, el que bajaba el cerro
a la carrera a encontrar al macho viejo que subía también
a la carrera, el encontronazo fue bestial, nos encontrábamos
a gran distancia, no obstante se sintió nítido el choque
de cuernas, y el consiguiente revolcón de ambos. Observar todo
esto con unos potentes binoculares, puedo asegurarles que le hacen poner
la piel "de gallina" a varios, es una exaltación de
la bravura y un espectáculo maravilloso que nos ofrece la naturaleza.
Si bien
el macho joven se veía fuerte y de buena cuerna, el tamaño
del macho viejo era muy superior y de cuerna muy gruesa, de modo que
después del segundo encontronazo, el macho joven salió
huyendo a gran velocidad seguido por el macho viejo, el cual se paró
en un filo muy alto y bramó muy fuerte, su grupo de hembras lentamente
comenzó a subir hasta donde se encontraba él.
A todo
esto el guía había contado dieciséis puntas, cornamenta
muy gruesa y de una separación excepcional, y a partir de ese
momento se instaló en mi una ansiedad inusitada por conseguir
ese trofeo, es una sensación muy rara y pocas veces experimentada,
quizá sea el famoso "buck fever" de los americanos
..
El grupo
se perdió a lo lejos, llegó la noche, e iniciamos nuestro
penoso descenso hacia el casco de la estancia donde Pepe nos esperaría
con otro asado y ropa seca.
Dos jornadas
bastantes parecidas se sucedieron, es decir con una intensa lluvia que
no paraba nunca, viendo muchos ciervos con futuro, incluso un muy lindo
doce puntas, al que también dejé pasar esperando tener
la fortuna de volver a ver el dieciséis puntas, que me había
quitado el sueño.
Habíamos
incursionado por toda la montaña bajo la lluvia y con pocas horas
de sueño durante cuatro días, y el cansancio estaba haciendo
mella y cada salida era más penosa y sacrificada.
La quinta
jornada se presentó nublado, muy frío y casi no llovía,
parecía una bendición de Dios, mientras apurábamos
un café a las cuatro de la mañana, decidimos que nuestra
estrategia para ese día sería dirigirnos directamente
a un bramadero, pero por un camino que no veríamos ciervos, ni
los escucharíamos bramar, pues es una zona donde por lo general
no andan, pero llegaríamos temprano al mejor lugar y antes de
que amaneciera estaríamos bajando del cerro. La idea era tratar
de verlos u oírlos, antes que ellos nos vean a nosotros, pues
cuando amaneciera quedaríamos muy expuestos, es un peladero muy
grande y no había donde esconderse.
Antes de
llegar al lugar fijado se sentía algunos bramidos muy cerca nuestro,
uno muy ronco muy entrecortado y muy distante entre bramido y bramido.
En una
pequeña quebrada desmontamos, el baquiano se quedó con
los caballos, y junto con el guía empezamos a subir en plena
noche hacia el filo, detrás del cual bramaban los ciervos. Se
sentía un macho joven que bramaba muy seguido, al que cada tanto
le contestaba el presumiblemente macho viejo por lo ronco, gutural y
entrecortado bramido.
Todo esto
estaba pasando muy cerca nuestro, pero por la oscuridad no podíamos
ver absolutamente nada, de manera que al llegar a la parte superior
del filo, nos sentamos a esperar que aclarara el nuevo día. Se
sentían tropeles de animales en cortas carreras, muy cerca nuestro,
yo calculaba no más de cincuenta metros, les puedo asegurar que
el estado de excitación era mayúsculo, los binoculares
se empañaban permanentemente por la humedad, y una vez secados
por enésima vez permitían ver un poco más, pero
no lo suficiente.
Lentamente
se fue colando la claridad del día a través de las nubes
y el espectáculo majestuoso que teníamos a nuestros pies,
era un regalo de San Huberto a todos nuestros sentidos, nieve en los
cerros del frente, dos arroyos con agua muy blanca y espumosa descendiendo
al valle y a unos cien metros una tropa de ciervos compuesta de unas
veinte hembras con algunos baretos y dos machos muy grandes enfrentados,
tal como lo habíamos visto dos días atrás, uno
joven de muchas puntas finas y de color muy rojo y el otro "mi"
dieciséis puntas tan buscado, de color bayo, cogote grueso cabeza
agachada. El macho joven bramaba rodeando al grupo de hembras, alguna
de las cuales se le arrimaban y en ese momento el macho viejo arrancaba
en veloz carrera, que hacía huir al joven. Todo esto lo seguía
por dentro de la Leupold, pero el ciervo pasaba entre las hembras a
toda velocidad sin permitirme el disparo. Pasó un instante rodeado
por las hembras, que a mí me pareció una eternidad, las
puntas se le podían ver y contar a la perfección, con
luchadoras muy largas muy blancas y afiladas y de un grosor y abertura
excepcional.
Nuevamente
insiste el macho joven aproximándose sin bramar y de manera amenazante,
al grupo de hembras, éste venía bajando y el macho viejo
emprende nuevamente su carrera hacia arriba para enfrentar al oponente,
el choque de cuernas fue bestial, sonó el ruido en todo el valle
y el macho viejo llegó casi a arrodillarse, se separan y el joven
lanza un potente bramido que se confunde con mi disparo, el macho joven
corre cerro arriba seguido de todo el grupo de hembras y una vez más
se repite el ritual de la cacería.
Cuernas
muy gruesas, de un hermoso perlado casi negro, con luchadoras muy largas,
con mucha separación entre ambas y muy pesadas, en resumen todo
un hermoso trofeo conseguido en "El Recuerdo" y para el recuerdo.

Jorge
Borque.