Cazador.

Cazando el Pecarí de Labios Blancos.

Eduardo Rivera.

-Hay un problema, que tú vas a resolver. Me advirtió mi amigo Jesús del Olmo.

-Soy todo “oídos”. Le dije al buen Chucho, rogando a Dios que no me fuera a pedir algún “imposible”.           

-Ramón Llano adelantó la fecha de su cacería y es indispensable que nos recibas en el campamento una semana antes de lo acordado. Te aviso que Ramón tiene una gran ilusión por cazar un pecarí de labios blancos, pues con esa pieza alcanzará el cuarto pináculo del programa de reconocimientos de cacería establecido por el Safari Club International. Así que a ver qué “maromas” haces, pero  Ramón tiene que cobrar su “jabalí”.

Considerando que el tiempo apremiaba, nos dividimos las tareas. Mientras unos desmontaban los caminos y otros acondicionaban el sitio donde establecer el campamento, la tarea de Héctor Arias, nuestro jefe de guías, sería rastrear la piara de los “cachetes blancos” hasta encontrar la “aguada” en donde toman su baño de lodo. Para eso nos tomamos una mañana, que aprovechamos para ir hasta el sitio donde María Manzón, la bióloga encargada de monitorear la fauna silvestre de la UMA, había encontrado el rastro de los jabalíes, el cual cruzaba dos de los senderos utilizados para el monitoreo.


Uno de los senderos utilizados para monitorear fauna silvestre y posteriormente para cazar.

El trabajo realizado por Mary resultó gratamente impresionante. A lo largo de los cinco senderos de 2.5 Km de longitud, había dejado ceniza para identificar las huellas de los animales que los cruzaran y así estimar la densidad de población de las especies de interés, calcular la capacidad de carga del terreno y solicitar una tasa de aprovechamiento que no afectara la capacidad de recuperación de las especies de caza.


Huellas de pavo ocelado, claramente visibles en la ceniza dejada en los senderos, por María Manzón.


María Manzón (derecha) y Sonia Peña de Pérez con el pavo cobrado por el esposo de Sonia.

Súbitamente, mientras recorríamos uno de los senderos, Héctor se llevó el índice a los labios indicando silencio y extendió el brazo para mostrarnos las huellas frescas de la piara tras la cual estábamos. Entonces fui testigo de una magnífica labor de rastreo, sólo comparable con el que realizan los pigmeos en la selva de Camerún o los bosquimanos en el desierto Kalahari. Centímetro a centímetro, entre Mary y Héctor, siguieron el rastro el cual era visible donde la piara había pasado en fila, pero en donde la tropa se había dispersado el rastro se tornaba casi indescifrable. Según avanzamos la vegetación fue cambiando hasta donde aparecieron los troncos de tintos y otras especies vegetales que crecen alrededor de las “aguadas”. Unos pasos adelante encontramos la “aguada” y las posas que hacen los jabalíes al bañarse.

Resultó que después de seguir las huellas durante varias horas, casi habíamos regresado al punto de partida. La “aguada” se encontraba a escasos 100 metros de donde habíamos comenzado a rastrear.

Considerando que se aproximaba la hora en que acostumbran bañarse los jabalíes, nos apresuramos, a registrar la ubicación de la aguada en el GPS para abandonar el lugar con el fin de no alertar a la tropa de cerdos, por si llegaban en ese momento.

Al día siguiente, mientras los demás montábamos el campamento, Mary y Héctor regresaron a aquel sitio a construir un machán y colocar cámaras trampas para fotografiar a la piara.

Días después, cuando los exploradores recogieron las cámaras, encontraron que los pecaríes habían regresado todos los días a tomar su baño de lodo y hasta habían manchado con barro las cámaras que se encontraban atadas a los troncos de unos árboles cercanos. Desafortunadamente, por la “maldad intrínseca de los objetos inanimados”, las cámaras no funcionaron, privándonos de las anheladas fotografías.

Sabiendo que teníamos los jabalíes “amarrados” para Ramón, nos dedicamos a terminar de montar el campamento.

Llegó el día de ir al aeropuerto por el cazador que inauguró la primera UMA operada por Mayan Sanctuary, Ramón llegó acompañado por su amigo Alfonso Collada, su sobrino Juan Pablo Roberts y su anfitrión Jesús del Olmo.

Por fin el cazador asistió a su cita con los jabalíes. Habíamos decidido que todos acompañáramos a Ramón y a Jesús hasta el machán. De ahí Alfonso saldría a cazar con Héctor y yo guiaría a Juan Pablo. Después de abandonar los vehículos y caminar escasos 200 metros, nos sorprendió el hecho de encontrar a la tropa de pecaríes de labios blancos comiendo zapotes caídos cerca del sendero, lo que nos permitió ser testigos de cómo Ramón realizaría su deseo de cobrar su jabalí de cachetes blancos. Entonces el tirador cortó cartucho a su Blazer calibre 222 y Héctor lo guió en silenció hasta un árbol que le sirvió de mampuesto, mientras los demás nos quedamos inmóviles a “ver los toros desde la barrera”. Como a unos 60 metros un pecarí adulto cruzó el sendero seguido por un ejemplar juvenil, pocos segundos después apareció el resto de la piara, que se detuvo a la vera del monte y al unísono, todos los marranos tronaron sus colmillos, dando la señal de alarma y desaparecieron escandalosamente por donde habían llegado. Casi de inmediato, los que ya habían cruzado el sendero se regresaron y cuando volvieron a cruzar el sendero, Ramón disparó. El mayor de los pecaríes erizó las cerdas del lomo y corrió quebrando varas. Llegamos al sitio donde se encontraba el jabalí al momento del disparo, de inmediato encontramos el rastro de sangre que acusaba que la bala había alcanzado los pulmones. Seguir el rastro dejado por un pecarí con tal hemorragia fue fácil, lo encontramos muerto a menos de 100 metros y debido que éramos muchos los observadores, al pobre de Ramón le cayó una “lluvia de palmadas” en la espalda.


Ramón Llano con su pecarí de labios blancos.


Atrás, de Izquierda a derecha: Jesús del Olmo, Juan Pablo Roberts, Alfonso Collada Y Héctor Arias,”
posan junto a Ramón y su jabalí.

Tomamos las fotos de rigor, desollamos al jabalí y lo abrimos en canal para la cocina, ya que el plato principal de la cena de aquel día fue una deliciosa cochinita pibil o mejor dicho jabalinita pibil.

Al día siguiente, armados hasta los dientes, Ramón y Jesús recorrieron el mismo sendero  hasta llegar al machán, en donde se encaramaron. Después de un rato de espera llegó la piara, pero ahí se manifestó un pequeño detalle; hasta entonces los cazadores no se habían puesto de acuerdo cual de los dos tiraría primero. La intención de Ramón era acompañar a su amigo Jesús en su cacería del “cachetes blancos” mientras que Jesús, quien no tenía intensión de cobrar jabalí alguno, supuso que Ramón quería cobrar un segundo ejemplar. Jesús había llevado su escopeta sólo por si se cruzaba un tamazate rojo, que lo tiene obsesionado. Lo curioso del caso es que ambos dejaron a un lado a sus “palos de trueno” para fotografiar la inusual escena que da testimonio de cómo, sin pudor alguno, se bañan en el lodo los pecaríes de labios blancos.


Cómodamente instalados en el machán, Jesús y Ramón esperan a que lleguen los jabalíes.


La piara pecaríes de labios blancos tomando su baño diario.

               

Celebrando el éxito de Ramón con unas bien merecidas micheladas.


Una de las tiendas donde se hospedan los cazadores y los baños

 
Alfonso Collada con su guía, muestra orgullo a su pavo | Juan Pablo con su pavo y Héctor Arias.


Eduardo Rivera felicitando a Tony Gioffre por su temazate pardo.

 
Tim Winnefeld y Herbert Hattenbach, de Alemania, con sus respectivos trofeos, un “faisán” y una bolonchana.

 

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