Un mes de junio de 2005 extremadamente frío, nos encontraba dirigiéndonos
a probar suerte con los ciervos Dama del coto "El Monasterio".
Ubicado
en el corazón de la provincia de La Pampa y enfrente a lo que
fue la meca de la caza del ciervo Rojo otrora, me refiero al emblemático
"Parque Luro", orgullo de la provincia y motivo de constantes
visitas para avistaje de la fauna, y además del gran atractivo
turístico de presenciar en vivo la "brama" del Rojo
en el monte.
Me acompañaba
Pepe, con quién partimos muy temprano de Mendoza y pasamos a
buscar a nuestro guía y anfitrión, Hugo de la Arada, por
Santa Rosa, La Pampa, en horas de la tarde, y de allí directamente
al coto.
Tenía
conocimiento de dicho coto por conversaciones anteriores con Hugo, sobre
todo por las magníficas oportunidades de caza que se pueden dar
en este más que excelente coto.
Poseedor
de una rica fauna mayor compuesta por ciervos Rojos, ciervos Dama-Dama,
muflones Black Face, antílopes negros, búfalos de la India,
jabalíes, pumas, además de una fauna menor sumamente abundante
como son las liebres, zorros, peludos y grandes bandadas de palomas.
Las instalaciones
son de primer nivel y con capacidad para albergar a varios cazadores
simultáneamente.
Uno de
esos memorables atardeceres pampeanos, con las sombras de los caldenes
recortándose sobre un rojizo cielo, nos traían reminiscencias
de hermosas cacerías, mientras se preparaba un gran fuego, prometiendo
un asado "machazo" y luego la consabida tertulia de sobremesa
con las anécdotas de interminables cacerías, armas, proyectiles,
recargas. . . .
El objetivo
era cazar un ciervo Dama, de los cuales habían tropas muy grandes
con muy buenos ejemplares y además probar suerte con los jabalíes,
que también son sumamente abundantes y algunos muy grandes, "invernados"
al decir de un paisano que nos contaba por donde podíamos encontrar
al "grandote", que desde hacía bastante tiempo andaba
haciendo de las suyas.
Antes de
las seis, de una de las mañanas más frías que recuerdo,
ya estábamos desayunando mientras preparábamos la estrategia
con Hugo, nuestro guía.
En plena
oscuridad iríamos en camioneta hasta un determinado lugar y desde
allí iniciaríamos nuestro rececho a pie, por dentro de
un monte bastante enmarañado, que rodea a grandes planicies donde
es posible detectar a los Dama comiendo antes del amanecer y antes de
que se retiren a sus encames, durante las horas diurnas.
Los movimientos
en plena oscuridad y dentro de ese monte eran muy lentos, y cuidábamos
de no hacer ruidos con las ramas, de esa manera nos íbamos acercando
mientras esperábamos la claridad del día para poder usar
nuestros binoculares, herramienta imprescindible en este tipo de lances.
Para esta
oportunidad mi equipo elegido era un Ruger .300 Winchester Mágnum,
con recargas propias, puntas Barnes Triple Shock de 150 gr con pólvora
IMR-4350, que en los ensayos en el Tiro Federal se comportaron a la
perfección, obteniendo una agrupación de cinco disparos
en dos pulgadas a 150 metros, pero nunca había usado estas puntas
en cacería, de manera que era toda una novedad y una nueva experiencia
para mí y mis acompañantes. Además contaba con
una telescópica Leupold variable de tres a nueve aumentos y unos
binoculares Swarovski de 8,5 X 42 de una definición superlativa.
Aclaraba
y ya podíamos distinguir algunas formas, y al despuntar el sol
pudimos divisar un pequeño grupo de ciervos pastando en medio
de una pradera muy lejos, estimábamos unos dos mil metros más
o menos, nosotros estábamos el lo alto de un monte y ellos en
el valle.
Llegamos
hasta el borde del monte que nos ocultaba y ya no podíamos avanzar
más, pues seríamos detectados. El viento lo teníamos
de frente, estaba a nuestro favor pero si salíamos al claro nos
verían de inmediato de manera que decidimos dar un rodeo muy
grande, arriesgando a que el viento se nos pusiera de manera desfavorable,
para poder acercarnos a distancia de tiro.
El rodeo
nos llevó casi una hora, nos movíamos sin verlos, bajamos
por detrás a otro valle, lo cruzaríamos y nuevamente subiríamos
a una elevación desde donde esperábamos volver a tomar
contacto con la tropa de ciervos. Nos movíamos con toda la rapidez
que nos permitía el terreno y nuestra condición física
y al llegar al punto de observación pudimos ver con desazón
que los ciervo estaban más lejos aún y se movían
en dirección contraria a nosotros, seguía habiendo una
gran distancia de terreno muy plano con pastos muy bajos entre los ciervos
y nosotros.
El sol
ya estaba muy alto y los ciervos muy lentamente pero sin detenerse se
alejaban cada vez más.
Hugo me
dice que lo mejor sería no alborotar más la zona y esperar
al atardecer para repetir la estrategia, pero entrándoles desde
el oeste y no del este como habíamos intentado esta mañana.
De modo que así lo hicimos y regresamos hasta la camioneta que
estaba bastante lejos.
Luego de
almorzar y descansar un rato, estábamos en la posición
planificada a las cinco de la tarde, un poco antes de la hora en que
se ponen en movimiento los ciervos.
Nuevamente
vimos una pequeña tropa a unos quinientos metros, eran varias
hembras con dos machos muy jóvenes, de manera que luego de acercarnos
por dentro del monte, decidimos alejarnos sin que nos vieran para no
alarmarlos.
No tuvimos
suerte esa tarde tampoco, ya prácticamente de noche yo insistía
en seguir buscando, pero Hugo con un conocimiento muy grande de la zona
y de los movimientos de los ciervos, me aseguraba que ya no había
caso, que debíamos regresar y volver mañana a intentar
nuevamente.
Esa tarde
Pepe visitó los apostaderos sobre algunos charcos con agua y
barro, y nos comentaba que habían muy buenos rastros, sobre todo
donde nos había indicado Hugo. Debajo de un alambre había
una "pasada" o "portillo" por donde cruzaban los
chanchos, y el tamaño hasta donde subía el alambre indicaba
la alzada de un jabalí descomunal, según contaba Pepe,
y por los largos años de experiencia que se que tiene, es palabra
autorizada para adelantar un diagnóstico.
De manera
que luego de una cena temprana, ellos irían a acechar a ese gran
jabalí, mientras yo prefería descansar, para seguir tras
los ciervos a primera hora de la mañana, además no cambiaría
jamás un rececho de día en el monte tras los ciervos por
muchos acechos nocturnos, pero no reniego de ellos.
Debo destacar
la capacidad técnica y física de Hugo, nuestro guía,
es incansable, esa noche no entró el "grandote", pero
sí un padrillo de muy buen tamaño, al que Pepe lo acostó
con un magnífico tiro de un 30-06 en el cogote, de manera que
tuvieron tarea casi hasta las tres de la mañana y a las seis
nuevamente estábamos preparándonos para ir tras los ciervos.
Esta vez
elegimos un lugar algo más alejado, donde rececharíamos
a los Damas. Dejamos escondida la camioneta bajo unos caldenes y nos
pusimos en marcha a través del monte espeso mientras esperábamos
el amanecer. Llegamos a un punto elevado desde donde podríamos
ver una amplia zona cuando las condiciones de luz lo permitieran, de
manera que nos sentamos a esperar la salida del sol; el frío
era realmente insoportable, las manos las sentía heladas por
más que tenía guantes, y el viento en la cara nos hacía
soltar cada tanto algunas lágrimas, pero es la cuota de sacrificio
que supongo, exige San Huberto, antes de conceder al cazador el trofeo
buscado, además como digo siempre : "Quien no da nada a
cambio, no merece ningún respeto. . ."
En cuanto
aclaró pudimos divisar una tropa bastante grande de ciervos Dama,
a unos mil metros de distancia, y nuevamente iniciamos nuestro acercamiento
siempre dentro del monte sin mostrarnos. Cuando nos pusimos a unos quinientos
metros, pudimos ver claramente dos buenos machos en el grupo; la distancia
era grande para arriesgar un disparo, los ciervos se movían lentamente
hacia el sur, mientras comían, las opciones eran dos: arrastrarnos
unos doscientos metros por los pastos o movernos hacia el sur y esperar
a que ellos siguieran caminando hacia ese lugar y no nos ventearan.
Decidimos
movernos hacia el sur pero por detrás de una elevación,
fuera de la vista de los ciervos, y pasaría un buen rato antes
de que pudiéramos volver a verlos, de manera que mi angustia
iba en aumento.
Dimos toda
la vuelta y los ciervos muy lentamente se movían casi hacia donde
estábamos, pero para acercarnos a distancia de tiro deberíamos
arrastrarnos unos cincuenta metros hasta una isleta de monte, la cual
nos serviría para escondernos y desde allí probar un disparo.
En ese
trámite estábamos, ya casi llegando a la isleta de monte
arrastrándonos, cuando por algún motivo que nunca nos
enteramos, los ciervos emprendieron una carrera casi en dirección
a donde nos encontrábamos nosotros, algo cruzados a la derecha,
de manera que me incorporé y me pude apoyar en el tronco de un
caldén, los ciervos venían a la carrera y de frente, todo
se sucedió muy rápido y en cuanto pude meter dentro de
la cruz a uno de los dos machos solté el disparo, busqué
el pecho del ciervo algo cruzado a la izquierda, sentí el "tamborazo"
del impacto y pude ver que dio un gran salto, luego una carrera de no
más de cuarenta metros y se desplomó.

El tiro
había entrado casi al frente en su costado derecho en dirección
cruzada hacia la izquierda, a la entrada rompió tres costillas
lo que provocó un agujero impresionante y una deformación
inmediata del proyectil, tomando la forma de un hongo de casi el triple
de la sección original.
Una vez
trasladado el ciervo al casco de la estancia, se realizó la autopsia
de rigor, y más en este caso que estábamos testeando un
nuevo proyectil de última generación. Puedo asegurarles
que la balística de efectos de este proyectil en el .300 Win
Mag es realmente asombrosa, el grado de incapacitación es altísimo,
los efectos son devastadores, los pulmones estaban separados y en forma
de tiras y el hígado prácticamente no existía,
era una especie de circunferencia con un agujero de unos veinte centímetros
de diámetro, es un misil. . . .
Es cierto
que un ciervo Dama es de menor corpulencia que un Colorado, y que los
imponderables están presentes casi siempre en todo lance, pero
en mi larga carrera de cazador, pocas veces he podido ver unos efectos,
sobre una pieza abatida, tan impresionantes como con este proyectil.

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