Esperanzas Derrumbadas.
Pablo Ortega Mata.

 

¡Buenos días Marthita!, hoy es un buen día, ¿no te parece?, el sol brilla a toda intensidad, aun así hace un poco de frío, fíjate vieja que anoche estuve pensando mucho sobre la situación que hay en la mina, ya me estoy cansando, todos los días es lo mismo, ahí los días no son claros, y las noches son eso, oscuridad total dentro del pozo, últimamente me he sentido un poco mal de la espalda, cuando toso me duele, creo que son los pulmones, después de pensarlo mucho creo que hoy es el último día que asisto a la chamba, y nomás porque quiero sacar la raya completa. Ya ves, Andrés dejo la chamba y no pasa nada, eso de la antigüedad se me hace que es puro cuento, dicen que en Piedras podemos encontrar trabajo en las maquiladoras, pagan un poco menos pero vive uno como la gente, de día.

Lo único que me apura es que a Marthita no le vamos hacer la fiesta de quince años que le habíamos prometido, pero Dios es grande y además todavía faltan ocho meses, quizá en ese tiempo logremos vender la "troca" y con lo que saque en la maquiladora le hacemos algo para que no pase de oquis su cumpleaños.

A la ahijada Dorita también le hicieron su "fiestecita" y no salió tan "pior" y eso que mi compadre ya ves como se las gasta. No te preocupes vieja, todo va a salir bien, por lo pronto hazme unos huevitos rancheros, ya Dios dirá.

¡Pepe, Pepe!, aquí te busca Mario, gritó la mujer un poco alterada, ya que quien buscaba a su viejo no era bien recibido en la casa, a Mario se le conocía como el que siempre anda invitando a los amigos a chuparse unas "chelas", como no pudieron tener hijos, pues es a quien le sobra un poco más de su sueldo. ¿Qué onda Pepe?, vamos a echarnos unas "birongas", que al cabo entramos hasta en la madrugada, -bueno pero nadamás unas dos o tres.

- ¡Marthita, "ahorita" vengo, no me tardo!

En la cantina de la colonia departían los amigos de siempre, se habían conocido en la mina, eran compadres de borrachera, Pepe era un poco más grande, le llevaba solo un año de edad, pero no era nada, se veían igual, de complexión gruesa ambos, a sus treinta y tantos años no hay diferencia, ventrudos y un poco percudidos por el carbón de la mina, los dientes blancos resaltaban con el color de su piel.

Oye Mario hoy estaba platicando con mi vieja, creo que es el ultimo día que voy al jale, ya me aburrí, hay ocasiones en que sueño tantas cosas que ya hasta me da miedo entrar al pozo, también le platicaba que ahí adentro no sabe uno que si hay luz o está oscuro, siempre está en tinieblas, el otro día me dio un "vágido", casi me caigo, nadamás que me recargué en las escaleras que están en el nivel dos, ahí estuve casi una hora, no sé si me perdí o solo me quede descansando, eso no se lo he platicado a mi vieja para que no se preocupe, dicen que es por la falta de oxígeno, yo no sé, pero sentí que todo me dio vuelta, y es que no sabes que onda, ya ves que el gas no huele, y realmente esta cabrón, ojalá que ya hubiera pasado el día que me falta para sacar la raya completa.

Pues no creas Pepe, a mi también me ha pasado, solo que yo si me desmayé y me descalabré aquí, mira aquí en donde esta la oreja, se hizo a un lado la cachucha y José miró un chichón rojo con la punta aun llena de sangre seca. Ah cabrón y porque no dijiste nada, no, no vayan a decir que anda uno de revoltoso, ya ves como son, no puede uno decir nada sin que te agarren de carrilla y eso a mi me da vergüenza de a madre.

Oye compadre o nos estamos haciendo viejos o estamos valiendo madre, ya no servimos para eso, pues mira Mario, yo ya te dije, es de a de veras, yo me salgo ya de chambear aquí, voy a buscar suerte en Piedras, a lo mejor me va más bien, o quien sabe, pero le voy a buscar en las maquiladoras, o donde sea, finalmente donde quiera salen los "chenchos", solo hay que buscarlos.

La noche caía y los amigos estaban un poco pasados de copas, ya vámonos Mario, Marthita mi vieja ha de estar ya bien enojada, ¡ámonos, que nos pegan!, dijo Pepe, aventando la silla de la cantina, ambos salieron, vivían por el rumbo, así es que se acompañaron dando traspiés por todas las banquetas. Bueno Mario ya llegué ahí nos vimos muchas gracias, ha estado con madre la plática, y piensa eso, deberías también tu de salirte de este jale. No Pepe, por mi no hay fijón, como no tengo perro que me ladre, no hay compromisos, el único compromiso que tengo es con mi vieja, y si me muero a ella le dan mi seguro, así que no me voy a rajar, bueno ahí nos vemos, paso por ti en la mañana, me voy a llevar la "troca", dijo Mario con la mano derecha levantada y se perdió en la casi oscuridad.

Marthita, viejita, "onde" andas, dijo Pepe entrando a su casa, acá estoy en la cocina contesto Martha, no sabía si se sentía molesta o contenta, ya que le hacía feliz que Pepe dejara la mina, acá estoy preparando la cena, ¿quieres que te haga algo?, tengo tortillas de harina, -si son de harina ni me las calientes, si son de maíz ni me las mientes, contestó Pepe en broma.

Luego de cenar y de acostar a la familia los esposos se fueron a la cama… ¡ay viejo! ya quisiera que hubieras terminado el jornal, -no te preocupes como quiera pasa…zzz… pobre mi viejo exclamó Marthita, que bueno que ya "mero" termina, Dios nos ha de ayudar.

¡Buenos días Pepe!, ¿cómo amaneciste compadre?, bien, muy bien, Mario, ¿y tu? bien también, fíjate que pensé lo que me dijiste ayer en la cantina, y a lo mejor también le entro, sólo que lo tengo que pensar más. Pues yo ya estoy decidido Mario, ahora que termine el turno hablo con el supervisor, yo sé que no dan lana, pero le voy a decir que haber si me dan algo, -pues ojalá que te den de perdido para tener mientras consigues algo. El resto del camino se la pasaron en silencio, como rezando cada quién las oraciones matutinas.

¡Buenos días!, ¡buenos días!, todo mundo se saludaba al momento que checaban la tarjeta de asistencia, hacían fila para entrar, ¡órale no se entretengan!, ¡a la noche se acuestan juntos!, ¡caminando y "miando"!, gritaban contentos todos los obreros. Después de la hora de entrada, todos estaban en silencio a oscuras, como siempre, sólo los iluminaba la flama de la lámpara de carburo, aquella llama que parecía que se apagaba con el aire de los resuellos, pero siempre salía triunfante, permanecía encendida. El reflejo de la lumbre hacía destellar las partículas de carbón con algunos cuarcitos adheridos a las rocas y que parecían diamantes, para quien es la primera vez resultará asombroso estar dentro de una mina, para los trabajadores acostumbrados a las tinieblas es costumbre, es normal, es la vida…

Al bajar Pepe, en el nivel tres empezó a sentir nuevamente el mareo que le había dado hace una semana, pero se hizo fuerte, se cogió de los barrotes y no pasó nada, al rato se me pasa, pensó. Sacó un envase de Coca que llevaba lleno con agua y dio un trago prolongado, pensando en que era la resaca del día anterior.

¡Pepe, Pepe!, ¿dónde andas?, acá estoy le contestó al supervisor que reclamaba su presencia, -mira Pepe, te avientas este jornal, de aquí hasta aquella saliente, no te vayas a salir, para no perder el corte, "ta gueno", no te apures, ni que no me conocieras. ¡A darle que es mole de olla!, dijo Pepe dándose ánimos para que el trabajo fuera menos pesado.

Eran escasas dos horas que habían iniciado el jornal, cuando un estruendo los hizo correr hacia donde estaba todavía el supervisor repartiendo el trabajo, ¿qué pasó? gritaron todos, ¡no sé, dijo el supervisor!, debe haber sido algún flamazo en la entrada. Casi al instante, se oyó como se estaba deslizando la tierra hacia donde estaban ellos, ¡aguas! dijo el supervisor, y todos corrieron a protegerse en la esquina de último nivel. Calma, aquí no pasa nada, las piedras caerán al fondo no hay problema. Pero era demasiado lo que caía, de tal manera que el fondo se lleno de inmediato, hasta llegar a la boca del último nivel. Las piedras seguían cayendo, con más rapidez, tanto, que inmediatamente tapó la entrada del último nivel donde se guarecían los mineros.

Un vez que pasó el ruido dijo el supervisor, no hay bronca, ¡tápense la boca con el paño!, vamos a respirar despacio, no nos calentemos, tranquilos, no pasa nada. En ese momento a José le dio de nuevo el desvanecimiento, pero ahora si se dieron cuenta todos, ¡hey José! ¿qué te pasa?, ¡échenle agua en la frente!, dijo uno de sus compañeros, al sentir el frío del agua sobre su cara José despertó de inmediato, ¡ah chingao! ¿qué me pasó?, nada, te desmayaste dijo uno de sus compañeros, ahh me duele la cabeza, ¿todos están bien?, preguntó el supervisor, si, todos estamos bien.

No pasa nada, ya ha pasado otras veces, vamos a calmarnos y que se apacigüe la tierra, después destaparemos la entrada y salimos, no hay problemas.

Después de algún tiempo, empezaron a escarbar en la entrada para salir por el tiro. La tierra estaba muy caliente, tanto que ya no pudieron hacer nada, ¡aguántense!, vamos a dejar que se enfríe, respiren despacio, hay que hacer que nos rinda el aire, oye ¿Por qué esta caliente la tierra?, no se puede ni tocar, no sé dijo el jefe, mejor apártense.

Nuevamente José tuvo un desmayo, durante su inconciencia, pensó en todo lo que pudo haber hecho antes de entrar a la mina, como si por su mente fueran pasando los capítulos de su vida como si estuviera viendo la tele, chingao como es que me viene, si ya no quería, todo por sacar la raya completa. Mi viejita, mis hijos, ¡ay cabrón! la fiestecita de quince años de Marthita. ¡Auxilio, ayúdenme! Ya cálmate José aquí estamos solos, -me falta aire, no puedo respirar, quítenme eso de la garganta no puedo jalar aire… ah ah ahg…

José había dejado de respirar, víctima de un supuesto infarto, esto hizo que sus compañeros perdieran la calma. -Jefe ¿qué vamos a hacer?, ¡calma! decía el jefe, ¡calma!, vamos a salir todos no se preocupen, ¡calma!, ¡por favor, cálmense!, el miedo y la desesperación se iba apoderando de ellos, gritos, llantos, suspiros…

Poco a poco fueron cayendo, después de José, siguió Mario, después otro y otro, el supervisor, otro, en fin, los que quedaron con vida empezaron a rezar, unos a la virgen de Guadalupe, otros simplemente le gritaban a Dios, exigían ayuda al todopoderoso, ¡Padre ayúdanos!, ¡si fueras nuestro Padre no nos tratarías así!, después la calma. Padre nuestro que estás en el cielo…

En la intemperie ya se habían reunido los familiares, fueron atraídos por la estruendosa explosión que había sacudido a Sabinas, todo mundo quería llegar a la mina, quizá con la esperanza de encontrar a sus familiares con vida, ojalá que no hayan entrado, pensaban algunos. A la llegada a la mina, ¡oh desilusión!, todos habían entrado, sólo los que daban mantenimiento a la entrada estaban afuera, los demás en las tinieblas que les proporcionaba el lugar de su empleo desconociéndose sus paraderos.

El llanto, los rezos, las misas, todo fue en vano, el tiempo pasó y no pudieron llegar a donde se encontraban los restos mortales de los mineros, el gas metano, el dióxido de carbono, el nitrógeno, y la falta de oxigeno, habían acabado con las esperanzas de todos ellos.

Ya no estarían con sus familias, los recuerdos quedarán, las esperanzas rotas se quedaban a mitad del camino, las fiestas planeadas, las bodas, los quinceaños, los viajes, la ilusión de otro empleo, todo había quedado enterrado bajo los escombros de la mina, la mina de carbón, llamada Pasta de Conchos del municipio de san Juan de Sabinas. Así es esto.

 

Pablo Ortega Mata.
sampetrino@yahoo.com.mx

 

Regresar