Hace algunos
días, en forma conjunta mis amigos y yo, planeamos ir almorzar
a la sierra el fin de semana, el viernes en la noche empezó a
llover y casi asegurábamos que iba a seguir así el sábado
que era la salida. Ya estábamos preparados para el viaje, así
es que no nos podíamos echar para atrás. ¡Adelante!
como quiera que esté nos vamos.
Para que
no tuviéramos problemas me llevé la estufa portátil,
ya que con la humedad, nunca podríamos encender una fogata.
Afortunadamente
el sábado amaneció muy agradable, un poco húmedo
pero nada que no se pudiera soportar.
En el camino
disfrutamos de un humeante café y unos panecillos del Oxxo, cosa
que hizo más agradable el camino, independientemente de la compañía,
claro, que puedo decir de mis compadres.
Al llegar
a nuestro destino, nos percatamos que los caminos estaban totalmente
lodosos, y era muy probable que la camioneta no pudiera pasar, pero
como nos gusta la aventura decidimos atravesar el casi pantano que nos
separaba del lugar, el cual siempre ha sido nuestro campamento.
Claro que
aun no caminábamos ni cinco kilómetros, cuando la camioneta
empezó con sus cosas, se hacía para un lado y para otro,
la dirección no obedecía, al final, quedamos con las llantas
enterradas hasta a la mitad, al bajar mis compañeros, quedaron
con las botas cubiertas de soquete, y empezaron como a bailar. Después
de ponerle ramas bajo las llantas, empujar la camioneta, y varios trucos
más, logramos sacarla. Posiblemente estuvimos cerca de una hora
batallando, pero no nos ganó.
Al volver
al camino, después de avanzar quizá dos kilómetros,
del lado izquierdo, por la ventanilla del chofer, vi un coyote, como
quien ve una liebre, estaba parado viendo la camioneta, estamos hablando
de unos diez metros. No sé quien estaba más sorprendido,
el coyote o nosotros, nosotros porque jamás habíamos presenciado
una escena como esa, ¿cómo era posible que estuviera el
animal tan cerca y que no corriera?, rápido uno de mis amigos
sacó la cámara de video, se trepó a la caja de
la camioneta y el coyote seguía viéndonos, le empecé
a chiflar como se le silva a un cachorrito de perro doméstico,
paraba las orejas y movía la cabeza, pero permanecía ahí
en el lugar en que lo habíamos visto. Mientras mi amigo intentaba
sin lograr, sacar del estuche la famosa cámara. Una vez que estuvo
afuera, el aparato no funcionó, como suele acontecer en los sucesos
más extraordinarios, cuando más lo necesitas, menos lo
tienes. Yo seguí chiflándole y el coyote creo que se quería
acercar, fue hasta que el otro compañero trató de acercarse,
cuando el coyote reaccionó y justo como lo conocemos salió
rayando llantas. Ya para entonces la cámara había funcionado.
Más
adelante como a cien metros el coyote se detuvo y se echó. Aun
permanecía viéndonos, volví a chiflarle y una vez
arriba de la camioneta, nos fuimos acercando hasta llegar a la distancia
inicial, diez metros, ahí, sí lo sacamos en la video;
echado, viéndonos y moviendo la cola, por segunda ocasión
mi amigo trato de acercarse, cuando el animal lo vio arrancó
a toda velocidad para perderse de nuestra vista.
Creo que
es una experiencia maravillosa que jamás volveremos a vivir,
también creo que nadie ha tenido a estos animales tan cerca sin
que huyan de la presencia del hombre.
Ya en broma
les comento a mis cuates, saben que: quizá el coyote me vio y
pensó: chin... Es san Pablo, pero viene con otros dos cabreras,
si no fuera por ellos ya estuviera ahí con él. Así
es esto.