Coyote.

Pablo Ortega Mata
sampetrino@yahoo.com.mx

 

Hace algunos días, en forma conjunta mis amigos y yo, planeamos ir almorzar a la sierra el fin de semana, el viernes en la noche empezó a llover y casi asegurábamos que iba a seguir así el sábado que era la salida. Ya estábamos preparados para el viaje, así es que no nos podíamos echar para atrás. ¡Adelante! como quiera que esté nos vamos.

Para que no tuviéramos problemas me llevé la estufa portátil, ya que con la humedad, nunca podríamos encender una fogata.

Afortunadamente el sábado amaneció muy agradable, un poco húmedo pero nada que no se pudiera soportar.

En el camino disfrutamos de un humeante café y unos panecillos del Oxxo, cosa que hizo más agradable el camino, independientemente de la compañía, claro, que puedo decir de mis compadres.

Al llegar a nuestro destino, nos percatamos que los caminos estaban totalmente lodosos, y era muy probable que la camioneta no pudiera pasar, pero como nos gusta la aventura decidimos atravesar el casi pantano que nos separaba del lugar, el cual siempre ha sido nuestro campamento.

Claro que aun no caminábamos ni cinco kilómetros, cuando la camioneta empezó con sus cosas, se hacía para un lado y para otro, la dirección no obedecía, al final, quedamos con las llantas enterradas hasta a la mitad, al bajar mis compañeros, quedaron con las botas cubiertas de soquete, y empezaron como a bailar. Después de ponerle ramas bajo las llantas, empujar la camioneta, y varios trucos más, logramos sacarla. Posiblemente estuvimos cerca de una hora batallando, pero no nos ganó.

Al volver al camino, después de avanzar quizá dos kilómetros, del lado izquierdo, por la ventanilla del chofer, vi un coyote, como quien ve una liebre, estaba parado viendo la camioneta, estamos hablando de unos diez metros. No sé quien estaba más sorprendido, el coyote o nosotros, nosotros porque jamás habíamos presenciado una escena como esa, ¿cómo era posible que estuviera el animal tan cerca y que no corriera?, rápido uno de mis amigos sacó la cámara de video, se trepó a la caja de la camioneta y el coyote seguía viéndonos, le empecé a chiflar como se le silva a un cachorrito de perro doméstico, paraba las orejas y movía la cabeza, pero permanecía ahí en el lugar en que lo habíamos visto. Mientras mi amigo intentaba sin lograr, sacar del estuche la famosa cámara. Una vez que estuvo afuera, el aparato no funcionó, como suele acontecer en los sucesos más extraordinarios, cuando más lo necesitas, menos lo tienes. Yo seguí chiflándole y el coyote creo que se quería acercar, fue hasta que el otro compañero trató de acercarse, cuando el coyote reaccionó y justo como lo conocemos salió rayando llantas. Ya para entonces la cámara había funcionado.

Más adelante como a cien metros el coyote se detuvo y se echó. Aun permanecía viéndonos, volví a chiflarle y una vez arriba de la camioneta, nos fuimos acercando hasta llegar a la distancia inicial, diez metros, ahí, sí lo sacamos en la video; echado, viéndonos y moviendo la cola, por segunda ocasión mi amigo trato de acercarse, cuando el animal lo vio arrancó a toda velocidad para perderse de nuestra vista.

Creo que es una experiencia maravillosa que jamás volveremos a vivir, también creo que nadie ha tenido a estos animales tan cerca sin que huyan de la presencia del hombre.

Ya en broma les comento a mis cuates, saben que: quizá el coyote me vio y pensó: chin... Es san Pablo, pero viene con otros dos cabreras, si no fuera por ellos ya estuviera ahí con él. Así es esto.

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