Pocas tradiciones
están tan arraigadas en México como la celebración
del Día de Muertos. Cuando llegaron a México los conquistadores,
en el siglo XVI, encontraron que la muerte y el inframundo jugaban un
papel muy importante en la mitología de los antiguos mexicanos.
Entonces los españoles gobernantes de la Nueva España,
en su afán de evangelizar en la época de la colonia, utilizaron
los métodos no cristianos de la "Santa Inquisición"
para convertir al cristianismo a quienes ellos consideraban "indios
ladinos". Éstos confundidos, combinaron el Día de
los Fieles Difuntos, fiesta de guardar instituida por la Iglesia Católica,
con sus tradiciones precolombinas, dando como resultado una fiesta macabra
muy mexicana y divertida. Desde entonces cada año para el Día
de Muertos, los cementerios de México se visten de brillantes
colores y "gozan de vida" con sus visitantes quienes; lo mismo
lloran a sus muertos que se "pitorrean" de la "catrina"
y
a
mí me encuentran tomando
con la Muerte, en las cantinas.*
Ya que
en México se interrumpen las labores para que la gente visite
los panteones donde comen y emborrachan con sus difuntos y la "huesuda",
cinco halconeros mexicanos aprovecharon el día de asueto para
visitar aquel lugarcito que tienen reservado para ocasiones especiales.
Éste es un enorme llano de tierras agrícolas salpicado
con numerosas charcas artificiales que albergan a gran cantidad de patos
silvestres, a los que les llevaron de visita al mismísimo "ángel
de la muerte", encarnado en halcón peregrino.
El primer
vuelo fue para Chuy, un torzuelo peregrino cruza de F. p. anatum con
F. p. pealei, criado en Monterrey, Nuevo León, en una de las
cámaras de reproducción de Rodrigo Munro -Wilson.
Chava soltó
a Chuy y el peregrino se puso rápidamente sobre la vertical de
los halconeros que batían la espesa vegetación acuática
de la charca, con la esperanza de que algún pato emprendiera
el vuelo, pero esta vez no hubo patos en la charca.
Entonces
los halconeros se movieron a la siguiente charca donde una parvada de
cercetas de alas verdes, ajenas al peligro que corrían, cantaban
mientras nadaban:
Dicen
que van a asustarme
llevándome a tu presencia.
Si estás durmiendo en mi vida
es natural si despiertas*.
Tomás
desencaperuzó a Laila-Sha, el que volaría por primera
vez a los patos, en esta incipiente temporada. El torzuelo mudado subió
suavemente como una plegaria hasta alcanzar el cielo, poniéndose
sobre la charca a la indicación de su maestro. Los halconeros
aprovecharon las circunstancias y se aparecieron como espantos de ultratumba,
asustando a la parvada de ánades, misma que abandonó la
protección de la charca. Entonces el halcón cayó
como una maldición y acuchilló la testa de un miembro
de la parvada, fulminándolo al instante y presionando al resto
de las cercetas, a tal grado que éstas se "embarraron"
en terreno seco y "mordieron el polvo". Laila-Sha frenó
la vertiginosa velocidad de su vuelo en picado y de inmediato regresó
para trabar a lo que él supuso era su presa, pero ¡sorpresa!,
era uno de los patos sanos. Tomás se apresuró a intercambiárselo
por una codorniz que portaba en una de las bolsas de su chaleco, quitándoselo
vivito y coleando, antes de que el peregrino le diera el beso de la
muerte.

Chava, Tomás y Omar, con Laila-Sha y su doblete de cercetas.
Chava
aprovechó dicho pato para hacerle un escape a Chuy y así
introducirlo a la caza. Tan pronto el peregrino se puso, Salvador liberó
a la cerceta, pero el halcón tardó en reaccionar y atacó
a destiempo, perdiendo segundo preciosos que el pato aprovechó
para escapar mientras cuestionaba en tono sarcástico:
¿En
qué quedamos, "Pelona",
me llevas o no me llevas?*
* Fragmentos de "La Muerte", de Tomás
Méndez.