El beso de la muerte.
Por Eduardo Rivera.


Viene la Muerte luciendo
mil llamativos colores.
Véndeme un beso, "Pelona",
que ando huérfano de amores.*

Pocas tradiciones están tan arraigadas en México como la celebración del Día de Muertos. Cuando llegaron a México los conquistadores, en el siglo XVI, encontraron que la muerte y el inframundo jugaban un papel muy importante en la mitología de los antiguos mexicanos. Entonces los españoles gobernantes de la Nueva España, en su afán de evangelizar en la época de la colonia, utilizaron los métodos no cristianos de la "Santa Inquisición" para convertir al cristianismo a quienes ellos consideraban "indios ladinos". Éstos confundidos, combinaron el Día de los Fieles Difuntos, fiesta de guardar instituida por la Iglesia Católica, con sus tradiciones precolombinas, dando como resultado una fiesta macabra muy mexicana y divertida. Desde entonces cada año para el Día de Muertos, los cementerios de México se visten de brillantes colores y "gozan de vida" con sus visitantes quienes; lo mismo lloran a sus muertos que se "pitorrean" de la "catrina" y…

…a mí me encuentran tomando
con la Muerte, en las cantinas.*

Ya que en México se interrumpen las labores para que la gente visite los panteones donde comen y emborrachan con sus difuntos y la "huesuda", cinco halconeros mexicanos aprovecharon el día de asueto para visitar aquel lugarcito que tienen reservado para ocasiones especiales. Éste es un enorme llano de tierras agrícolas salpicado con numerosas charcas artificiales que albergan a gran cantidad de patos silvestres, a los que les llevaron de visita al mismísimo "ángel de la muerte", encarnado en halcón peregrino.

El primer vuelo fue para Chuy, un torzuelo peregrino cruza de F. p. anatum con F. p. pealei, criado en Monterrey, Nuevo León, en una de las cámaras de reproducción de Rodrigo Munro -Wilson.

Chava soltó a Chuy y el peregrino se puso rápidamente sobre la vertical de los halconeros que batían la espesa vegetación acuática de la charca, con la esperanza de que algún pato emprendiera el vuelo, pero esta vez no hubo patos en la charca.

Entonces los halconeros se movieron a la siguiente charca donde una parvada de cercetas de alas verdes, ajenas al peligro que corrían, cantaban mientras nadaban:

Dicen que van a asustarme
llevándome a tu presencia.
Si estás durmiendo en mi vida
es natural si despiertas*.

Tomás desencaperuzó a Laila-Sha, el que volaría por primera vez a los patos, en esta incipiente temporada. El torzuelo mudado subió suavemente como una plegaria hasta alcanzar el cielo, poniéndose sobre la charca a la indicación de su maestro. Los halconeros aprovecharon las circunstancias y se aparecieron como espantos de ultratumba, asustando a la parvada de ánades, misma que abandonó la protección de la charca. Entonces el halcón cayó como una maldición y acuchilló la testa de un miembro de la parvada, fulminándolo al instante y presionando al resto de las cercetas, a tal grado que éstas se "embarraron" en terreno seco y "mordieron el polvo". Laila-Sha frenó la vertiginosa velocidad de su vuelo en picado y de inmediato regresó para trabar a lo que él supuso era su presa, pero ¡sorpresa!, era uno de los patos sanos. Tomás se apresuró a intercambiárselo por una codorniz que portaba en una de las bolsas de su chaleco, quitándoselo vivito y coleando, antes de que el peregrino le diera el beso de la muerte.


Chava, Tomás y Omar, con Laila-Sha y su doblete de cercetas.

Chava aprovechó dicho pato para hacerle un escape a Chuy y así introducirlo a la caza. Tan pronto el peregrino se puso, Salvador liberó a la cerceta, pero el halcón tardó en reaccionar y atacó a destiempo, perdiendo segundo preciosos que el pato aprovechó para escapar mientras cuestionaba en tono sarcástico:

¿En qué quedamos, "Pelona",
me llevas o no me llevas?*

 

* Fragmentos de "La Muerte", de Tomás Méndez.

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