Cuenta
una vieja leyenda Ranquel, que en Poitahue (divisadero) el diablo se
enamoró de una bella india. Tan bella era, que todas las tardes
el mismo demonio, venía a estos bellísimos parajes para
poder verla. Un día estando ella apoyada, descansando en un frondoso
caldén, el diablo se convirtió en árbol, con la
intención de poseerla; pero todo esto no era ajeno a "Nguenechén"
(dios ranquel) y fue él, quién la arrancó de esa
difícil situación poniéndola a salvo. Se dice que
a partir de ese momento, el diablo anda errante en el Poitahue, con
su hirsuta cabellera, por dentro del bosque y que de tanto en tanto,
"brama" de amor buscando a su amada.
Muy cerca
de Telén, provincia de La Pampa, se encuentra Poitahue, zona
de grandes bosques de caldenes, altos pajonales, lomadas con manchas
de chañares, donde la bravura de bestias y cazadores va entrelazada
con el romanticismo de esos rojos atardeceres, poniendo color fuego
a ese hermoso monte o el amanecer, cuando la bruma, con pereza, nos
va permitiendo ver un poco más dentro del imponente bosque, en
pos de ese brutal llamado de amor y coraje del Ciervo Rojo: "la
brama".
Últimos
días del mes de abril, ya la brama del 2005 era prácticamente
un recuerdo en Poitahue y veníamos arribando a este magnifico
coto donde nos aguardaba el Jefe de Guías del mismo, Hugo de
la Arada.
Luego
de las presentaciones de rigor de toda esa amable y dispuesta gente,
conocimos sus exclusivas instalaciones, los trofeos importantísimos
logrados en la zona, su museo de finos elementos criollos, sus álbumes
de fotos dando evidencias de la generosa fauna y el orgullo de muchos
cazadores. Inmediatamente fuimos instalados en un confortable departamento
con todo tipo de comodidades.
Una vez
preparados, con la indumentaria apropiada, mientras tomábamos
unos "amargos", preparábamos con Hugo nuestra estrategia.
Es un
campo verdaderamente grande y salvaje, de unas 30.000 Has., con todo
tipo de terrenos y con muy diversa vegetación, hay grandes bosques
de añosos y altos caldenes, con grandes pajonales donde reina
el Ciervo Rojo, hay lomadas con vegetación baja donde viven cantidades
de Antílopes de la India, muy ariscos y veloces, junto con carneros
Scottish Black Face de grandes y retorcidas cuernas, además de
muchas tropas de ñandúes, hay profundos fachinales achaparrados
donde habitan feroces jabalíes y grandes pumas y hay planicies
con isletas boscosas donde podemos ver a los recios, poderosos y peligrosos
Búfalos de la India.
Además
merece una mención especial la variada y rica fauna menor, como
son los zorros, liebres europeas y Maras, vizcachas, gato montés,
peludos, hurones, zorrinos, grandes bandadas de palomas y muy diversa
cantidad de pájaros.
Para esta
ocasión las armas elegidas fueron un custom .375 Holland &
Holland, con puntas RWS de 300 gr. con pólvora IMR 4350, con
mira Leupold de 6x con retículo 4; un Ruger .223 Remington con
puntas Hornady V-max de 55 gr. con pólvora R-15, con mira Leupold
6-18x con compensador de distancias y como de costumbre un revolver
Ruger .44 Magnum con puntas Swift de 230 gr. con pólvora Hércules
2400, de manera que estarían cubiertas todas las necesidades
de tiros potentes por un lado y a largas distancias y muy precisos,
por otro.
Acordamos
en iniciar nuestro rececho esa tarde un poco antes de la caída
del sol, en una bella zona de lomadas, que la llaman "La Olla",
con bosques intercalados, haciéndonos acordar a las románticas
imágenes de la sabana africana.
Hugo nos
comentó que ya no había brama, simplemente podríamos
escuchar algunos "rezongos", a los cuales, nuestro experimentado
guía, les contestaría con su "bramador". Es
todo un espectáculo aparte, presenciar cómo con un trozo
de caño de formas simples, pero en manos de un experto como Hugo,
puede seducir a un Ciervo Rojo a contestar esa "provocación"
y de esa forma detectar su posición y poder acercarnos a él,
dentro del monte.
La dirección
del viento es un factor determinante, es necesario recechar siempre
con el viento en la cara.
Una vez
pasada la "brama" el Ciervo Colorado no se encuentra tan distraído
como días antes, cuando su estado de excitación lo enloquecía,
ya retoma sus sentidos y se encuentra en un estado de alerta permanente,
amén de las hembras que siempre son las eternas vigías,
controlan todo, los movimientos, los olores, los ruidos, en fin, llegarles
"a tiro" en estas circunstancias es la verdadera esencia de
la más pura caza, es el eterno lance entre el cazador y la presa
en un campo verdaderamente agreste y salvaje.
El amanecer
del día siguiente nos encontró entrando en otra zona,
de bosque de caldenes muy altos y con grandes pastizales. El trabajo
de los binoculares era incesante, caminábamos unos cuantos metros,
nos deteníamos y agudizábamos nuestros oídos a
la vez que escudriñábamos el bosque con nuestros binoculares,
herramienta imprescindible en este tipo de lance. Dentro de esta maraña
es muy difícil pretender ver a un ciervo en su totalidad, siempre
se lo ve en partes, y aquí es donde nuestra experiencia juega
un papel preponderante.
A lo largo
de mis años de cazador he tenido oportunidad de cazar acompañado
por muchos guías o simples baquianos conocedores del campo, pero
en este caso, el conocimiento y preparación de Hugo, para desempeñarse
como guía es sorprendente, sus sentidos están tan sensibilizados
como los de los animales que perseguimos, su vista y su oído
son sus herramientas naturales y las utiliza de maravillas, verdaderamente
es una satisfacción cazar acompañado por este profesional.
Cada vez
que nos internábamos en el bosque, señalábamos
nuestra posición de entrada en un gps, de manera que podíamos
despreocuparnos de ir controlando puntos de referencia para no extraviarnos
en esas grandes extensiones, y sobre todo cuando la noche nos encontraba
dentro del bosque.
Tampoco
hubo suerte esa mañana dentro de ese bosque, sólo vimos
un ciervo con futuro, de los llamados "no tirables", de manera
que con el sol alto, emprendimos el regreso hacia donde habíamos
dejado nuestra camioneta varias horas antes. Hugo se detiene en seco
y me hace señas hacia delante, puedo observar a unos 300 metros
una tropa de búfalos de la India y el viento estaba a favor pues
nos daba en la cara. La observación con los binoculares fue intensa,
la adrenalina iba en aumento y más con los comentarios de mi
guía
" Son peligrosos, a 50 metros nos van a "cargar"
directamente, pues hay muchas hembras con crías
.".
La boca se me secaba y el pulso se me aceleraba a medida que nos íbamos
acercando. Legamos a colocarnos a unos 150 metros, desde donde podíamos
ver perfectamente bien a toda la tropa, no obstante, Hugo insistía
en que yo mirara para atrás, pues podría haber alguno
desprendido del grupo, y eso podría poner muy peligroso el rececho.-
Nos adelantamos hasta unos ochenta metros, había un solo macho,
muy grande, muy negro, imponente, de grandes cuernas dobladas hacia
adentro, una mole de aproximadamente mil kilogramos. El resto eran seis
hembras y cinco pequeñas crías, realmente muy pequeñas
y muy bonitas.
Llevábamos
un buen tiempo observando, y no aparecía ningún otro macho,
y las conclusiones de Hugo no se hicieron esperar: "No podemos
dejar a esta manada con cinco crías tan pequeñas, sin
la protección del macho. . . ." cosa que no solamente acaté,
sino que valoré tan humana y sabia decisión de mi guía.
Con muchísima
precaución me acerqué unos pocos metros más, y
con el zoom de mi cámara fotográfica "cacé"
unos bellos búfalos.
En la sobremesa
de un espectacular almuerzo ofrecido por Ester, jefa de cocina de la
estancia, acordamos hacerles una "entrada" a los antílopes
negros, después de unas dos horas de descanso, para reponer energías.
Zona de
lomadas muy suaves, salpicada de isletas de chañares, con posibilidades
de observar a grandes distancias, es justamente donde estos antílopes
se sienten seguros pues están dotados de una visón superlativa.
Las hembras,
más numerosas, son de un color marrón claro en el lomo
y blanco en la panza, y los machos tienen el lomo negro y la panza blanca.
Son de cuernas perennes, las que van creciendo a lo largo de la vida
del antílope. Son de bellos y gráciles movimientos, corren
a grandes velocidades saltando para poder observar a mayores distancias
por arriba de la vegetación.- Detectamos un grupo de antílopes
en un bajo, pues con Hugo estábamos en el filo de una loma, nos
separaban unos quinientos metros aproximadamente; la dirección
del viento era perpendicular a la línea imaginaria que nos unía
con los antílopes, es decir "a través", de manera
que podríamos acercarnos en esa dirección, escondiéndonos
con los pequeños bosquecitos que habían.- Mientras nos
íbamos acercando muy lentamente y con mucha cautela, recordaba
las expresiones de un paisano en la estancia ¡!
" son
muy bichos los "ampiros"
.¡¡, Hugo me miraba
y no entendía el motivo de mi risa. Nos acercamos hasta unos
ciento cincuenta metros y las hembras evidentemente habían detectado
algo, pues algunas que estaban echadas se incorporaron, la posición
de tiro era sumamente incómoda y complicada, porque nos tapaban
varias ramas y arbustos, pero según mi guía era "ahora
o nunca", habían dos machos, uno era más grande y
se estaba moviendo, lo tuve en un instante en la mira y al moverse quedó
detrás de un arbusto, la situación se empezó a
poner tensa, ya algunas hembras saltaban alejándose, lo que inquietaba
al macho, que apenas se giró a su izquierda, me permitió
un agitado pero preciso tiro a la base del cogote. Un hermoso antílope
negro de la India, de 48 centímetros de cuerna, me llenaba de
emoción en otro de esos "memorables atardeceres pampeanos"
en compañía de Hugo.
Pasaron
dos días más, en que las largas caminatas tras los ciervos
Rojos, por distintos escenarios iban poniendo a prueba nuestro espíritu
aguerrido. Siempre pienso que es San Huberto el que plantea estos lances
y que exige una cuota de sacrificio antes de concederle al cazador su
ansiado trofeo; además quien no da nada a cambio no merece ningún
respeto.
Un nuevo
atardecer y estábamos entrando en un bosque que se incendió
hace ya un tiempo, con pastizales muy altos, con muy buenas posibilidades,
según Hugo, de ver buenos machos, pero muy difícil para
caminar sin hacer ruido, de manera que los movimientos serían
muy cortos y con muchos períodos de observación. Al rato
de caminar nos enfrentamos con una hembra que nos detectó, y
nos miraba a no más de cincuenta metros, nos "congelamos"
a esperar a ver el porqué de su actitud. La lógica hubiese
sido que diera la voz de alerta, una tos seca que emite la hembra cuando
detecta el peligro, y huyera de inmediato, pero ésta, permanecía
inmóvil y no nos sacaba los ojos de encima. Con Hugo nos mirábamos
sin entender, hasta que apareció "un pichón",
al decir de mi guía, y en ese momento madre e hijo emprendieron
veloz fuga.
El sol
caía hacia el oeste, lo teníamos a nuestras espaldas y
el viento directamente nos daba de frente en la cara, de pronto entre
esas "puñaladas" rojizas con que se iba pintando el
bosque, un fugaz y casi imperceptible movimiento fue detectado por Hugo,
unos cien metros hacia adelante nuestro.
En el más
absoluto silencio e inmóviles como estatuas, pude observar solamente
el hocico de un ciervo Rojo, estaba tapado por un conjunto de árboles
quemados, y era posible verle la punta del rabo, por atrás y
desde el ojo hasta la punta de su trompa, por adelante. El viento a
nuestro favor y el sol que lo encandilaba, lo ponían en situación
de alerta, evidentemente el ciervo había escuchado algo, pero
como no había identificado qué era, permanecía
inmóvil.
Hugo me
pasa la vara de apoyo, tomo posición de inmediato, y me dice
al oído:
.! Tiene cuatro puntas muy gruesas en una corona
.es
muy bueno
.espera que salga un poco
.!!! Pasaron dos o tres
minutos en esa incómoda situación y el ciervo no se movía
ni se mostraba más, y se planteó otro diálogo entre
nosotros: ¡ Le tiro atrás del ojo
!!! a lo que
Hugo contesta riéndose ¡ Y?... si te animas
!!! contuve
la respiración, toqué con toda la suavidad del mundo la
cola del disparador
.. y shoot
.. logrando de esta forma un
hermoso catorce puntas, con uno de los tiros que difícilmente
vaya a olvidarme y a repetir, para ser honesto.

Caía la noche y nos encontraba sentados junto a nuestro hermoso
trofeo al que se le colocó la consabida ramita verde en su boca,
como su última comida y en señal de respeto.-
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