Debo reconocer
que mi experiencia en el bellísimo campo de lo cacería
es poca en comparación con la de muchos cazadores -como mi compadre
David Zavala, quién me acercó a esta obsesión de
la caza- sin embargo, he querido llevar a cabo la actividad de la mejor
manera, conociendo y aprendiendo a convivir y armonizar con la naturaleza
y, por tal motivo, me lancé a la aventura de cazar al mayor de
los antílopes africanos en el rancho Los Venados, el cual tiene
una gran fama, no sólo por sus grandes trofeos y hermosos parajes,
sino también por la amabilidad de su gente y sus excelentes instalaciones.
Después
de hacer los arreglos correspondientes, a finales de agosto me dispuse,
juntó con mi compadre Arturo Núñez y mi hijo Diego
de cinco años, ir allí de cacería.
Llegamos
al rancho por la tarde del viernes 5 de septiembre de este año.
Paty y Joss nos recibieron con gran amabilidad, e iniciamos un recorrido
por las muchas hectáreas del lugar, donde ejemplares de ciervo
rojo y de cola blanca texano nos acompañaron y sirvieron de aliciente
para confiar en que tendríamos una exitosa cacería.
A sólo
poco más de una hora de la ciudad de México, ya en la
casa del rancho, procedimos a instalarnos en las cómodas y funcionales
recamaras y a tomar nuestros exquisitos alimentos. (por cierto, llegaron
Javier y Toño, quienes también nos darían un valioso
apoyo durante la cacería.)
El sábado,
muy temprano, fuimos a probar los rifles que teníamos planeado
utilizar: la elección estaba entre un 7mm Remington Mágnum
y un 338 Winchester Mágnum. Después de varios planteamientos
sobre balística, no llegamos a un acuerdo, así que mi
necia preferencia fue el 7 mm. (A pesar del frío, mi hijo permanecía
estoico, creo que será cazador muy pronto.)
En un inicio
nos instalamos en un espiadero, pero, debido a la niebla, decidimos
recorrer los múltiples caminos del rancho en busca del trofeo,
mismo que encontramos al otro extremo del lugar. Comenzamos entonces
nuestro primer acecho, pero, cuando estábamos a unos 50 metros
de nuestro objetivo, uno de los muchos ruidos inesperados que se dan
en el campo espantó a la manada de ocho elands, entre los que
se encontraba un excelente macho... en fin, no prosperamos.
En esta
búsqueda nos encontramos tres black bucks: dos hembras y un macho
muy bueno al que nos interesó cazar, porque Arturo se enamoró
del ejemplar; sin embargo, como mi objetivo era otro, le prometimos
regresar.
Sin encontrar
al eland, subimos a disfrutar, otra vez, de nuestros alimentos, no sin
antes tener una competencia de tiro de disco, en la que Joss -administrador
del rancho- demostró el porqué de su puesto y de su atinada
dirección del lugar. ¡Nos ganó a todos! ¡Ni
modo! La convivencia que en toda cacería debe haber se dio en
inmejorables términos.
Por la
tarde salimos para encontrar de nuevo a la manada. Ya eran doce o tal
vez más, pero el gran macho nunca me dio tiro, ya que las hembras
-tal vez presintiendo nuestro propósito- lo taparon haciendo
círculos alrededor de él. Por espacio de 30 minutos permanecimos
ahí sin poder hacer nada, hasta que huyeron otra vez, de forma
sorpresiva.

Eso
sí, a escasos 30 metros, apareció un grupo de ocho
orix (gems-buck) muy buenos, pero mi objetivo era un eland y sólo
intercambiábamos saludos.
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En
busca de mi trofeo, encontramos al black, que habíamos
visto en la mañana y prometido regresar. Mi compadre Arturo
se animó, y -con mi rifle- lo consiguió. Ya con
él, establecimos la ronda fotográfica -la cual por
cierto disfrutó muchísimo mi hijo- y con ello concluimos
el sábado.
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El domingo
salimos de nueva cuenta muy temprano. Creo que nunca había caminado
tanto: subimos y bajamos, brincamos, me caí, me espiné
-lo normal- algo que uno disfruta cuando se tiene esta obsesión.
Sin poder encontrar a mi objetivo -y debido a que teníamos que
regresar a comer en México- tuve que dejar mi trofeo para otra
ocasión.
Regresamos
tres semanas después y -debido a las lluvias- mi hijo se quedó
en casa, y ¡vaya que resultó buena decisión! ya
que el viernes, llegando al rancho, un diluvio se hizo presente. Aprovechamos
ese tiempo para comer los deliciosos platillos de doña Tere.
Después de un par de horas dejó de llover, y entonces
consideró Joss -con gran acierto- que era buen momento para salir
a ver animales, así que, sin cambiarnos de ropa, salimos, encontrando
innumerables animales incluyendo mi eland!
Iniciarnos
el acecho -y la empapada también- pero, justo cuando tenía
al eland a unos 200 metros, un venado sika -con gran "amabilidad"-
emitió su silbido característico y, antes de poder juzgar
de manera precisa mi trofeo, éste se espantó y huyó.
De regreso
a la camioneta, vimos a un pecarí de buen tamaño, y yo,
con la emoción y el enojo que traía por lo acontecido,
lo cacé. ¡Pobre animal! Pero alguien tenia que pagar mi
desesperación.
Un poco
más tarde, encontramos una manada de eland muy cerca de donde
estábamos; iniciamos el acecho, pero la vegetación abundante
nos impidió juzgarlos en forma apropiada e -igual que antes-
iniciaron una carrera, perdiéndose en el vasto campo.
El sábado
estuvimos durante toda la mañana en busca de mi trofeo, ¡y
nada! Eso sí, encontramos sikas, ciervos, cebras, cola blanca,
orix, etc., pero del eland, ¡ni el rastro! Regresamos a almorzar
y -a las 4:00 de la tarde- reiniciamos la búsqueda. Pude ver
un buen ejemplar de venado sika y otro muy bueno de waterbuck, pero
mi mente estaba en el eland.
Seguimos
en la camioneta, y le mencioné a Joss que cobraría el
siguiente animal que encontráramos. (Tenía la esperanza
de que fuera un orix.) Entonces, nos topamos con uno de los empleados
del rancho, quien nos indicó que la manada de los eland estaba
justo al lado de nosotros -a 150 metros o menos- en un claro de un lomerío.
La adrenalina comenzó a fluir por mí cuerpo... Ubicamos
al macho dominante, el cual lucía impresionante y parecía
que, a pesar de nuestro escándalo, no nos detectaba. Eran diez
ejemplares los que estaban ahí.
En cuestión
de segundos, me coloqué para lanzar el primer disparo, mismo
que no le hizo ni cosquillas al animal a pesar de haberle dado en el
codillo derecho. A este disparo le siguieron cuatro más del 7mm
Mágnum. El eland, sin dar muestras de estar herido, corrió
hasta una nopalera en su infructuosa huida, misma que concluyó
cuando cambié de rifle por el 338, y así, con un solo
tiro más, pudimos cantar victoria y señalar "misión
cumplida".

Minutos
más tarde, al estar junto al trofeo, pude determinar el porqué
de tanta discusión sobre balística, y cuál era
el calibre idóneo para este tipo de animal que pesa cerca de
tonelada y media. Algo más de lo mucho que tengo por aprender.
Fue un ejemplar bellísimo y -como también ahí pude
constatar- es tan sólo uno de los muchos ejemplares trofeo que
existen en el Rancho Los Venados.
Además
de haber conseguido este gran trofeo, también me siento satisfecho
de que la carne del mismo -muy buena por cierto- fue donada a un orfanato.
En verdad
quiero agradecer a todos los que me auxiliaron en las dos ocasiones
que visité el rancho: Javier, Toño, Joss, Paty, Fernando,
doña Tere, etc., pero en especial a mi hijo Diego, a mi compadre
Arturo y a René, por su compañía y apoyo en esta
misión. El rancho es un lugar al cual bien merece la pena volver,
para cosechar algún otro de los muchos ejemplares trofeos que
pudimos observar.
Luis
Zamorano
Sep-2003
www.rancholosvenados.com
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