Quise utilizar
este título porque fue una cacería que me llevó
al límite de mi capacidad física y de mis emociones. Cuando
logré abatir a tan preciado trofeo me encontraba totalmente exhausto
por el esfuerzo físico realizado y mis lágrimas se hicieron
presentes, síntoma inequívoco de la emoción, del
agradecimiento y de la felicidad que sentía. Con voz entrecortada
agradecí a Jorge González y a aquel desierto de Chihuahua,
quienes me brindaron la oportunidad de que yo cazara a tan bello y majestuoso
animal.
Con mucho
animo y grandes expectativas empezamos nuestra primer campeada el Miércoles
7 de Diciembre. Jorge y Javier (mi compañero y amigo) se fueron
por un lado y José, el vaquero del rancho y yo por otro. No habíamos
caminado ni 5 minutos cuando José me mostró un bello bura
de año y medio, el cual no se inmutó con nuestra presencia.
Lo observamos por unos momentos y a la vez buscamos otros animales alrededor,
pensando que por ahí anduvieran las hembras adultas y por supuesto,
algún macho grande, cosa que no sucedió, el venadito andaba
solo y eso nos hizo pensar que los buras ya andaban en su "corrida".
Seguimos
caminando sobre las faldas de la sierra, buscando en los arroyos y cañones
y observando las huellas que encontrábamos en nuestro camino,
que no eran pocas. Todo indicaba que íbamos en dirección
contraria hacia donde los animales se estaban moviendo, pero decidimos
continuar con nuestro plan, faldear toda la sierra y encontrarnos con
Jorge y Javier en un punto determinado, cosa que hicimos unas dos horas
después.
En esta
primera campeada me sentí muy bien física y anímicamente,
el suave caminar por aquel lomerío me hacía pensar que
andaba sobre la alameda Zaragoza de mi querido Saltillo.
Llegando
al punto de reunión comentamos nuestra campeada, Jorge y Javier
no habían visto nada y nosotros solo al venadito de año
y medio.
Decidimos
dar otra campeada, Jorge se fue por un lado, yo por otro y Javier y
José nos esperarían más adelante con la camioneta.
Esta exploración tampoco rindió frutos, yo no logré
ver a los buras y Jorge solo alcanzó a ver a un grupo de 4 animales
muy lejos.
Por la
tarde convenimos en ir a espiar sobre unas sierras y cañones,
escogimos un lugarcito muy bueno para ello, con vista a varios cañones
y un puerto que prometía mucho. Estando ahí, Jorge decidió
ir a darle la vuelta a unos cerros con la esperanza de mover algo, yo
me quedé a la espera, deleitando mi vista con aquel paisaje panorámico
y escudriñando con mis binoculares todo punto al alcance de mis
ojos.
El sol
empezó a ocultarse, avisándonos que era hora de regresar.
Jorge había descubierto a unos buras sobre una ladera pero decidió
no hacerles ruido, para en la mañana siguiente hacerles la cacería.
Algo tarde
salimos al día siguiente por lo que Jorge me comentó que
no había problema, que les íbamos a seguir el rastro y
que los íbamos a levantar de su sueño matinal, cosa que
sucedió.
Nuevamente
nos separamos, Jorge y Javier por un lado y José y yo por otro,
con el plan de que si no encontrábamos nada, nos reuniríamos
en un presón que estaba más adelante. Estando campeando
sobre aquellas faldas y cañones me pareció oír
un disparo, pero como no fue muy claro, decidimos seguir adelante, siguiendo
el rastro que iban dejando unos buras.
Estando
sobre una loma alcancé a ver, a lo lejos, un gran lomerío
a las faldas de una sierra, que me invitaban a cambiar los planes y
darle una visitada. Le hablé a Jorge por el radio para comentarle
por donde íbamos a andar, solo que me dio la grata sorpresa de
que ya había logrado su trofeo, un hermoso bura de 9 puntas.

Ahora si cambiaron los planes, José se fue por los caballos y
yo me fui para donde Jorge había abatido su trofeo, primeramente
para felicitarlo y segundo, para brindarles mí ayuda para remolcar
a aquel grande animal hacia la camioneta, que fácilmente pesaba
los 120 kilos.
Tal como
lo había pronosticado Jorge, el animal estaba echado, durmiendo
en un arroyo. La cercanía de los cazadores y el ruido de su andar
lo hicieron levantarse, solo para ser abatido por un certero disparo
en el codillo, salido del 300 Win Mag de Jorge González, a la
cercana distancia de 30 metros.
Ese día
se nos fue trasladando al bura a la casa del rancho, descopinarlo y
prepararnos una sabrosa discada, que nos salió de poca, muy al
estilo de Chihuahua.
Al día
siguiente, Viernes 10 de Diciembre del 2004, muy temprano y siguiendo
los planes hechos la noche anterior, salimos a campear sobre aquel lomerío
que me había gustado. Tuvimos que dar un gran rodeo para lograr
tener el sol a nuestras espaldas y el viento a nuestro favor, caminamos
por cerca de 4 horas, cruzando un gran valle y muchas lomas y arroyos
hasta llegar a un presón, ahí vimos una gran cantidad
de huellas, sobresaliendo unas que nos llamaron la atención por
lo grande.
Nuevamente
emprendimos nuestro caminar tras de aquellas huellas, escudriñando
arroyos, cañones y laderas. Aquel lugar estaba ideal para que
nos brincara en cualquier momento, así lo sentíamos, pero
no sucedía nada, no lográbamos ubicar a nuestra presa.
Recorrimos
un buen trecho hasta llegar a ver a lo lejos otro gran lomerío,
que también nos invitaba a andarlo, pero decidimos dejarlo para
otra ocasión. En cambio, nos subimos a una sierra a buscar nuestro
trofeo y a la vez, ir arrimándonos un poco a donde habíamos
dejado la camioneta, que ya estaba bastante lejos.
Subir aquella
sierra me dejó totalmente exhausto, el cansancio se hacía
presente en mí y mi caminar ya era lento, empecé a sentir
un gran calor dentro de todo mi cuerpo, caminaba con la cabeza agachada
siguiendo los pasos de Jorge y pensando en decirle que detuviéramos
nuestro andar.
Algo en
mi interior me hacía callar y continuar, así iba, con
la cabeza gacha, cuando de pronto oigo el pssst, pssst de Jorge y la
frase, "ahí está el venado
". Increíblemente
estaba a 20 metros de nosotros, también lo habíamos levantado
y empezaba a caminar, huyendo de nosotros.
Rápidamente
levanté mi 270 wsm y lo metí dentro de mi telescopio,
el bura ocupaba toda mi retícula, no veía otra cosa. Sí
me había resultado increíble verlo a tan corta distancia,
más increíble me pareció cuando me di cuenta que
había fallado mi disparo. Aún no lo entiendo, no me explico
como fallé a tan corta distancia, pero así es esto
El animal
se nos perdió de vista, Jorge corrió por un lado esperando
ver por donde se había ido, yo corrí en dirección
a un cañón y me paré en la parte alta de la sierra
con vista al mismo y a una gran ladera. Unos segundos de espera bastaron
para verlo correr sobre ella, le grité a Jorge al mismo tiempo
que apuntaba mi rifle sobre aquel bello y majestuoso animal, que para
ese momento, no corría, volaba!.
Mi segundo
disparo sobre el se quedó atrás, inmediatamente corté
cartucho y con mucha calma le apunté siguiendo su movimiento
la bala no polveo pero tampoco el animal dio muestras de haber sido
tocado, sin embargo, cuando alcanzó a trastumbar al otro cañón
dio muestras de desconcierto, deteniéndose sobre el filo de aquella
ladera, como no entendiendo lo que pasaba. Quise soltarle otro disparo
en ese momento pero ya no me alcanzó, nuevamente el bura estaba
fuera de nuestra vista.
Me dijo
Jorge, voy a revisar por donde trastumbó, haber si encuentro
un rastro de sangre. Yo corrí por la parte alta de la sierra
esperando verlo en otro cañón o cortarle camino
llegué a un punto donde me paré a observar, pasaron largos
minutos sin ver nada
mis pensamientos estaban inundados de frustración
y enojo porque sentía que se me había escapado de las
manos.
Nunca se
me va a olvidar cuando escuché por el radio la voz de Jorge,
"Pedro, vente para acá, encontré rastros de sangre,
si le pegaste!". Que emoción tan grande escuchar aquellas
palabras, "si le pegaste!".
No tardamos
mucho en encontrarlo, echado a media ladera y a los pies de una palma,
sin quitarnos la vista de encima. Como dijo un extraordinario cazador
mexicano y premio Weatherby, ahí tomé su vida a cambio
de su inmortalidad, siempre estará presente en mí.
8
Puntas, 28 pulgadas de abertura y pasados los 130 kilos de peso, un
verdadero, bello y majestuoso bura de la serranía del desierto
de Chihuahua, del meritito Coyame.

Cornamentas.
A
Dios doy gracias por tan extraordinaria experiencia que me dio oportunidad
de vivir y disfrutar, en compañía de grandes amigos y
finas personas que hicieron posible que esta expedición resultara
en todo un éxito.
PJReyes
Diciembre del 2004