Cazador.

Waidmanns Heil! Waidmanns Dank.

Eduardo Rivera.

Cacería.

Recuerdo, como si fuera ayer, cuando vi a mi padre y al Prof. Dr. Karl Mündnich, nuestro anfitrión, entrando al comedor, ambos en pantalones de gamuza verde a la rodilla y con sombreros de fieltro, mostrando orgullosos dos faisanes.

-¿Estuvieron fuera todo el día, sólo para cazar un par de pajarracos? Reclamó mi mamá a los cazadores.

-Claro que no, cobramos muchísimos faisanes, algunas liebres, un par de zorros  y el dueño del coto, como un gesto de cortesía, nos permitió conservar un faisán a cada quien. Explicó mi papá mientras él y Karl se sentaban a la mesa para acompañarnos a cenar y reseñarnos la cacería.

Esto sucedió en Münster, Westfalia, Alemania, hace 42 años, en octubre de 1967, desde entonces había soñado con regresar y cazar en aquel país. Pero cazar en Alemania es un privilegio del que no cualquiera tiene derecho, porque allá, no basta con creer que uno tiene afición, como en el sacerdocio, hay que tener auténtica vocación de cazador, además de ser ciudadano alemán o residente de Alemania por lo menos por un año, para tener derecho a obtener la licencia de cacería, para lo cual primero es indispensable aprobar un curso de más de 400 horas, asistiendo a clases durante un año, tres veces por semana.

Dicho curso tiene un costo altísimo, al igual que los derechos que los cazadores pagan a los dueños de la tierra donde establecen su coto, pero a cambio, la conservación de la caza, al igual que la conservación de todos los recursos naturales renovables, está garantizada.

Además los cazadores alemanes tienen el compromiso de pagar a los campesinos por los daños que los animales de caza causan en los cultivos y a los bosques, pero a cambio tienen el derecho a vender a hoteles, restaurantes o carnicerías especializadas, toda la carne de las piezas cobradas, obteniendo ingresos con los que amortizan el costo de su ejercicio cinegético. Así mismo deben de cubrir la totalidad de la tasa de aprovechamiento otorgada por el gobierno. De no ser así, deben de pagar a un cazador profesional del gobierno para que se ocupe de cazar lo que el titular del coto no pudo cobrar. Todo esto bajo un estricto control, pues si el cazador rebasa su cuota, perdería su licencia de por vida.


La campiña alemana es bellísima y todas las áreas rurales están muy civilizadas.
No existen áreas remotas, así que normalmente se caza relativamente cerca de las casas de los campesinos.

Un día, charlando de cacería con el Ing. Carlos Ros, quien administra impecablemente un coto de caza en Veracruz, me dijo:

-Vino a cazar un alemán que me dejó impresionado, ese sí es un verdadero cazador.

Unos meses después durante otra cacería en la UMA de Carlos Ros, tuve el gusto de conocer a Herr Herbert Hattenbach, quien en aquella ocasión cobró un hermoso ciervo sika.

Tan pronto como conocí a Herr Hattenbach hice migas con él, quien no sólo me amenazó con visitarme en la UMA de Campeche, sino que cumplió su amenaza cobrando un pavo y una bolonchana.

En la cacería de Campeche, tuve la oportunidad de tener largas charlas con Herbert, sobre la cacería en Alemania, quien al ver mi interés me invitó a presenciar  una cacería de corzos.

A ese viaje me acompañaría mi amigo Jesús del Olmo, a quien finalmente le fue imposible asistir, porque las fechas de la cacería en Europa casi coincidían con las fechas de su safari a Camerún, así que en calidad de “bateador emergente” su lugar lo usurpó mi inseparable compañero de “locuras”, Carlos Ávila.

El 25 de julio de 2009 aterrizamos en Frankfurt, donde Herbert nos esperaba y después de las presentaciones manejamos por casi dos horas hasta llegar a la cabaña del coto, que sirve de bodega y albergue durante  la temporada de cacería.

Durante una semana Herbert nos fue instruyendo sobre cómo se caza en Alemania, lo cual es toda una cultura llena de tradiciones milenarias.

Los corzos se cazan durante la primavera y el verano. Como cualquier cérvido, el mejor periodo para cazarlo es durante la temporada de celo, en julio.

Hasta ese momento no entendía porqué los corzos nacen en mayo, si es que se aparean en julio. -¿Acaso el periodo de gestación en las corzas dura diez meses? Me cuestionaba. Entonces la respuesta me la dio Herbert. El corzo es uno de los pocos ungulados con implantación diferida*, por lo el anidamiento del óvulo fecundado ocurre meses después del apareamiento. Siendo una de las características más notable, en la biología reproductora de los corzos, la diapausa embrionaria. Esto significa que el blastocisto puede detener su desarrollo hasta 170 días después de la fecundación, en el mes de julio, entonces tras la diapausa, el blastocisto se implanta en el endometrio para que el embrión continúe su desarrollo durante una gestación que dura 130 días.

Lo anterior explica porqué los corzos, a diferencia del resto de los cérvidos europeos portan astas maduras en primavera y verano, mientras visten su pelaje estival que es de color pardo rojizo y porqué sus astas están en terciopelo en el invierno, cuando están cubiertos de un pelaje gris y espeso, propio para tolerar los crudos inviernos.

Al igual que las venadas de cola blanca, las corzas primerizas paren sólo un corcino, pero en los siguientes partos, normalmente paren mellizos.

En Europa se utilizan varias técnicas para cazar corzos, siendo la más común a la espera, vigilando los prados desde atalayas colocadas estratégicamente en sitios desde donde se pueden otear los parajes a donde los corzos acuden a pastar.


* Implantación diferida es la capacidad de ciertas hembras de mamíferos de acoger un óvulo fecundado o zigoto
en su seno sin que éste se desarrolle. El futuro embrión permanece en vida latente hasta que las condiciones
externas son propicias para comenzar la gestación.

También se cazan al rececho y al reclamo, al que generalmente acuden las hembras, pero cuando estas están en celo, pueden traer consigo algún macho maduro.


Esta corza acudió de inmediato al reclamo de Herbert dándome oportunidad de fotografiarla a corta distancia.

Un factor inusual para quienes vivimos en México es el horario en que se caza en Europa durante el verano. Debido a la latitud en que se encuentra Alemania, las noches son muy cortas y considerando que los corzos tienen hábitos crepusculares, la cacería del corzo se lleva a cabo de las 4:00 A. M. a las 7:30 A. M. y de las 8:00 P. M. hasta que la luz solar lo permite, después de las 10:00 P. M. Factor que nos permitió convivir con la familia Hattenbach y recorrer a pie las calles de Hann Münden, el pueblo natal de Herbert, además de visitar sitios de interés como Hamelín, pueblo situado a las orillas de río Weser, donde según un cuento de los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm, un flautista libró al pueblo de una plaga de ratas, pero le fue negado el pago acordado, por lo que el 26 de junio de 1284, el flautista encanto a los niños del pueblo con su música, los condujo a una cueva y jamás se volvió a saber de ellos.


Carlos sentado en un puente sobre el río Weser.

Otro sitio que visitamos fue Sasaburg, el castillo de caza del rey Wilhelm IV, donde según los hermanos Grimm, la bella durmiente, por el sortilegio de una malvada hada casi muere, pero gracias a la bondad de otra hada sólo pasó cien años en un profundo sueño.

El perímetro de los jardines del castillo, está delimitado por un muro de 10 Km, dentro del cual, el señor feudal realizaba sus cacerías. En la actualidad, dichos jardines están poblados de diversas especies de animales de caza mayor europea como gamos, muflones, jabalíes, ciervos, Wisente (bisontes europeos Bison bonasus) y uros, los ancestros silvestres de los toros de lidia. Estos últimos se extinguieron en 1627, pero gracias a los zoólogos alemanes Lutz y Heinz Heck, quienes en 1920 comenzaron a recrearlos, se rescataron de la extinción definitiva.

Considerando que Carlos Ávila es un fanático de todo género de música, pero principalmente de Wagner y de otros músicos alemanes, aprovechamos algunas de las horas de ocio para visitar la casa de Johann Sebastian Bach y un museo que muestra una colección de artículos que pertenecieron a Richard Wagner, en Eisenach. Ahí mismo pasamos por la iglesia de San Jorge, donde J. S. Bach era el organista y por último recorrimos la casa donde creció Martín Lutero. Cuya traducción de la biblia del griego al alemán, junto con la obra de los hermanos Grimm, es considerada la obra literaria en alemán más conocida en el mundo.


El órgano de la iglesia de San Jorge, mismo que tocaba Johan Sebastian Bach,
considerado por algunos críticos como el más alemán de los alemanes.


Carlos recorre el jardín de la casa de Johan Sebastian Bach,
donde su segunda esposa cultivaba claveles amarillos.

 

Los cazadores alemanes son muy activos y cazan casi a diario con el afán de cumplir con sus cuotas y cada vez que salimos a cazar se oyeron disparos provenientes de los cotos vecinos.

Durante aquella semana todos los días estuvimos en los puestos desde las 4:00 A.M y por las tardes nos subíamos a las torres a “espiar a los corzos” entre las 6:00 P. M. y las 8:00 P.M.

A pesar de la cercanía de las casas de los campesinos, la fauna silvestre siempre estuvo presente. Desde la primera tarde, acompañé a Herbert y Carlos acompañó a Klaus, un cazador amigo de Herbert quien se ocupa de cumplir con todas las labores propias del coto, durante las largas ausencias de Herr Hattenbach.

Aquella tarde a penas habían pasado 2 minutos de espera cuando avistamos el primer corzo, una hembra que cruzó un sendero y se refugió en un campo de cultivo. Los avistamientos de fauna silvestre fueron constantes, lo que hizo que las largas horas de espera en los puestos parecieran cortas.       

En la segunda tarde, del lado izquierdo avistamos un corcino, este todavía tenía motas sobre su pelaje infantil, después entró en escena una corza, probablemente la madre del corcino. Por el lado derecho a más de 300 m. una pareja de corzos se paseaban por un prado lejano y uno de ellos con gran desfachatez se echo a rumiar. Desafortunadamente el viento soplaba en nuestra contra haciendo imposible acercarse a ellos.

De repente, Herbert se llevó los binoculares a la cara y a través de ellos se quedó observando por varios minutos, hasta que rompió el silencio diciendo:

-un Bock. ¡Y se ve que está bueno!

Con mis binoculares vi hacia donde él estaba observando y por breves segundos logré ver, caminando entre los árboles, un precioso corzo. Sin embargo aquel avistamiento fue tan breve que no hubo tiempo para disparar. Por largos minutos, que me parecieron eternos, esperamos inútilmente a que volviera a aparecer aquel corzo, súbitamente se oyó un disparo proveniente del coto vecino y un gesto de disgusto se dibujó en el rosto de Herbert mientras decía:

-El vecino acaba de matar a nuestro corzo, estoy seguro. Bueno, casi seguro.

-¿Había cruzado el Atlántico para que el vecino nos ganara el tiro? ¡Me lleva…! Pensé.

En fin, no había nada que hacer, ni siquiera intentar un acecho a los corzos de la derecha, ya que la luz natural se extinguía rápidamente.

De repente, un movimiento detectado por el rabillo de mi ojo me hizo voltear a la izquierda y contrastando con el prado, vi la silueta de un corzo que se puso a pastar. Con mi codo le piqué las costillas a Herbert quien al entender de qué se trataba, de inmediato se llevó los binoculares a la cara.

-Veo cuernos sobre su cabeza, ¡es un Bock, hay que tirar! Dijo mientras que lentamente y sin hacer ruido, puso su Blazer de tres cañones en posición de mampuesto.

El tirador tenía la cruz del telescopio, iluminada de rojo, descansando sólidamente en el cuerpo del corzo, que en ese momento mostraba el trasero, pero tan pronto dio flanco sonó el disparo y el venadito quedó tendido sobre el pasto. El cazador retiró el casquillo, puso otra bala dentro del cañón del fusil y esperó. Cinco minutos después, Herbert estuvo convencido que aquel corzo estaba muerto, entonces se vació el arma, tomamos nuestras pertenencias y bajamos de la torre. Ansioso me encaminé a ver la pieza abatida, pero Herbert caminó hacia un roble de cual arrancó dos ramitas. Cuando me alcanzó puso una de las ramitas dentro del hocico del corzo diciendo:

-Esta rama es su último bocado.

Luego pasó la otra ramita por un costado del corzo, justo por donde entró la bala, solicitó mi sombrero, en él que colocó la rama y me lo devolvió diciendo: -Waidmanns Heil!

A lo que le contesté: -Waidmanns Dank.

Hasta la fecha sigo sin entender lo que significan aquellas palabras, pero sin duda es una de las ceremonias de campo más emotivas y arraigadas entre los cazadores germanos.

Después de tomar las fotografías de rigor, subimos nuestro trofeo al automóvil y nos dirigimos a la cabaña donde Klaus y Carlos nos aguardaban, quienes al ver que traía una rama con sangre en el sombrero se acercaron a felicitarnos.

-¿Y si las asta de un corzo alumbrasen cómo la luna? Entoné.

A lo que Carlos contestó:

-¡Qué fortuna, sería un portento! Y continuamos cantando a dúo:

-Tener en cada casa, un corzo a dentro.

Klaus y Herbert ajenos a la manera en que Carlos y yo celebramos cada vez que cobramos un trofeo, se quedaron atónitos, seguros que alguna pulga nos había picado contagiándonos de alguna clase de locura incurable.

Entonces, como por arte de magia, aparecieron tres botellas de tequila y Herbert nos invitó a pasar a la cabaña a celebrar con unos Schnaps (tragos).

Todavía no se veía el fondo de la primera botella cuando Carlos y yo volvimos a entonar dos veces la misma canción, la primera vez en honor del pavo de Herbert y la segunda ocasión en memoria de su bolonchana. La celebración se alargó por el resto de la corta noche y a pesar que Klaus no habla español ni inglés, ni nosotros hablamos alemán, la camaradería y la guarapeta que agarramos nos mantuvo riéndonos a tal grado que cuando llegamos a la posada donde nos hospedamos, Herbert nos imploró, antes de dejarnos:

-Por favor, dentro del hotel, ya no canten. Comentario que provocó otra carcajada.


El edificio de la posada donde nos hospedamos, sobrevivió los bombardeos de la segunda guerra mundial, fue construido en 1584 y a pesar de su edad, está totalmente restaurado y funcional.

La rutina de campo, prácticamente fue la misma por el resto de la semana, pero además de los corzos todas las veces que salimos vimos distintas especies de caza, como palomas torcaces, liebres, zorros, tejones, jabalíes, ciervos y mapaches americanos los que hace años fueron introducidos en Alemania y se han convertido en plaga, además de un gato montés Felis silvestris, el predecesor del gato doméstico.

De regreso a México, al pasar por uno de los filtros de seguridad del aeropuerto de Frankfurt, uno de los oficiales notó en mi sombrero de cacería, un prendedor en forma de asta de corzo, que recién me había obsequiado Herbert y me sorprendió con el siguiente comentario:

-Waidmanns Heil!

 

 

En memoria del Prof. Dr. Karl Mündnich

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