Campeábamos
por la sierra de la Muela, en el municipio de Ramos Arizpe, Coahuila,
un poco agotados por el peso de los rifles y la caminata tan larga que
habíamos realizado, justo el sol se encontraba en el cenit cuando
a nuestros oídos llegaron unos gritos al parecer de niños,
casi al instante volteamos a vernos mi compadre y yo, haciéndonos
la misma pregunta: ¿Qué fue?, quedándonos sin respuesta.
Avanzamos para encontrarnos más delante, una vez ya cerca comentamos
el suceso, -quizá sean niños que andan con los candelilleros
ahí abajo, -puede ser, vamos a bajar para saber de que se trata,
caminamos hasta llegar donde se oían las risas y los gritos de
los infantes, una vez ahí, no encontramos absolutamente nada.
Todo era silencio en la sierra, ni huellas, ni vestigios, de que alguien
hubiera estado ahí en ese lugar.
Un poco
desconcertados por lo que habíamos oído, volvimos a lo
nuestro. La cacería.
Ya teníamos
dos días acampados y no lográbamos ver ningún cornudo,
solo dos venaditas, pero no nos interesaban, tal y como dicen los cazadores
(sic) buscábamos un trofeo, algo que se pudiera mostrar.
Una vez
que nos pusimos de acuerdo, mi compadre subió la loma grande,
y yo me fui ladereando. No íbamos muy retirados uno del otro,
si acaso unos doscientos metros. En algunas ocasiones se lograba oír
el crujir de las ramas por donde iba mi compañero. De pronto
oí unos pataleos, característico de los venados cuando
están nerviosos, mis oídos se agudizaron y la adrenalina
empezó a correr por todo mi cuerpo, el rifle cambió de
posición, ahora estaba en mis brazos como si fuera un bebé,
con esa misma ternura, lo preparé para estar listo en el momento
que saltara la presa, mi respiración se agitaba y empecé
a sudar, mis pasos eran lentos, caminaba encorvado, tratando de que
no fuera percibido, sabía que si me veía, no me iba a
dar tiempo de dispararle, así es que continué caminando
agazapado por entre las albardas, que en esa temporada están
verdes. De pronto, oí, sin ver al animal, que empezó a
trotar, solo alcancé a ver como se movía un chaparro al
rozar, lo que supongo era la cornamenta. Después el silencio
total, ni los pájaros cantaron. Nada... sólo los sonidos
del silencio.
De pronto
un grito interrumpió aquel silencio sepulcral, -¡ Compadre!
De inmediato enfilé mis pasos hacia donde se encontraba mi compañero,
como no era muy grande la distancia y toda vez, que en algunos tramos
corrí, llegue de ipso facto en donde encontré a mi amigo,
tenía un semblante que jamás le había visto, sus
ojos miraban sin ver, su cara blanca y la boca abierta, claro que me
asusté, ¿qué te pasó compadre, qué
tienes?
Con voz
entrecortada me dijo: - Vi un venado. -¿Y qué?, a eso
venimos, -si compadre, pero este es un venado diferente, era totalmente
blanco, ¡nunca había visto algo parecido!, era un venado
muy grande de un color, blanco intenso, y fue tanta mi impresión
que no pude disparar. Solo alcancé a ver como brincaba los matorrales,
se perdió para allá, señalando con su mano el norte...
Jamás volvimos a verlo.
Nos regresamos
al campo, un poco, que digo un poco, demasiado alterados, nos acontecieron
ese día, cosas muy extrañas quizá increíbles,
pero a todo esta expuesto el cazador cuando se traslada a practicar
esas honorables acciones.
Levantamos
el campo y llegamos a platicarle a nuestro buen amigo, que era el comisariado
ejidal en aquel entonces, del ejido al cual fuimos a cazar.
Una vez
que le platicamos lo que nos había pasado, nos explicó
que esos ruidos de niños jugando, era muy normal escucharlos
para los candelilleros. Según cuentan, era un grupo de colonizadores
que fue asaltado por los indios, dándoles muerte a todos los
integrantes.
Y del venado
albino; ya con anterioridad lo habían visto los candelilleros
del ejido, e incluso habían hecho expediciones para tratar de
cazarlo, sin lograr su objetivo. Solo sabían: Por ahí
anda en algún lugar de la sierra, el tan preciado venado albino.
Claro que
nosotros volvimos varias veces en busca de ese hermoso trofeo, buscando
por todos los cañones, valles y rinconadas a tan preciado animal,
sólo nos encontramos con las risas y los gritos de niños
jugando... Así es esto.
Pablo
Ortega Mata
sampetrino@yahoo.com.mx